Creer

Huelga general de la humanidad

Pensé en titular a esta entrada «Huelga general de la humanidad». La idea es que la pandemia y el confinamiento masivo pueden leerse (también) como una renovada reivindicación de los pueblos de que «otro mundo es posible», un mundo más allá del orden vigente.

Ahora bien, tenemos un problema, porque hay una parte de la sociedad que está aferrada a formas de reivindicación política que demuestran una completa desconexión con los problemas que enfrentamos y los desafíos que estos suponen. Por lo tanto, la idea misma del confinamiento se lee de manera unívoca como «encarcelamiento social». Aquí confluye, como era de esperar, todo Foucault: desde el Foucault de Vigilar y castigar hasta el Foucault del Nacimiento de la biopolítica. Este último término (biopolítica) ha sido repetido hasta el cansancio en estos días por «nuestros ilustres» remunerados del establishment cultural.

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Más allá de la oportunidad y el peligro

La exterioridad

«Afuera» está el virus. Eso dicen. Las calles están vacías. Los signos del peligro, además del silencio que nos envuelve, y la distancia que hemos establecido entre nosotros son las mascarillas (compradas o improvisadas). Como los lazos amarillos, negros, morados o de otro signo en la era pre-pandémica, las mascarillas definen a los crédulos frente a los incrédulos y a los agnósticos: 

«¿Es real la pandemia o se trata de otra cosa: una estrategia de dominio, por ejemplo?»

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¿Estado de excepción?

La tercera ola 

Tedros Adhanom Ghebreyeus, el presidente de la Organización Mundial de la Salud, ha advertido que la «tercera ola» de la pandemia será especialmente agresiva con las personas más vulnerables del planeta. Si en los países ricos de la Unión Europea la pandemia se ha desatado con los gobiernos con el paso cambiado, con escasez de recursos, y una desorganización y des-coordinación que está haciendo estragos, la falta de previsión en los países más pobres, y la des-coordinación a la hora de implementar las estrategias de contención o destinar recursos, puede hacer que la tragedia se vuelva aún más letal.

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¿Volver a la normalidad?

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Aunque la pandemia está aún en curso, sabiendo como sabemos que todos los fenómenos son transitorios, hemos de pensar a qué mundo «queremos regresar». Ahora bien, tenemos que ser conscientes que no se vuelve para atrás en la historia, que la idea misma de «volver a la normalidad» está desencaminada. Esconde dos falacias que es preciso identificar si queremos avanzar en una agenda solidaria e incluyente de futuro que sea capaz de poner límite, e incluso superar, la lógica del capital, y que eluda las tentaciones nacionalistas fóbicas y excluyentes que se multiplican en toda la geografía del planeta.

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Rattazzi y el tonto de Olivos

Sobre el COVID-19 y la doctrina del shock

Cada país manifiesta sus propios síntomas culturales cuando le toca enfrentarse a la pandemia. En las últimas entradas he hablado de España, en donde, junto con Italia, el COVID-19 se está cebando de manera agresiva con los ancianos.

Algunos epidemiólogos e infectólogos, como Oriol Mitjà, han sido contundentes. La epidemia podría haberse evitado, pero la falta de previsión está haciendo estragos. A esta hora, las proyecciones son preocupantes. Los casos confirmados ascienden a casi 12.000, pero no hay dispositivos disponibles para realizar pruebas masivas a la población, por lo que, se calcula, deben haber cerca de 100.000 infectados bajo la punta del iceberg. Mientras tanto, las UCIs del país se preparan para recibir una oleada de casos graves, con escasez de recursos y personal. La sanidad española está reclutando residentes y estudiantes.

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COVID-19. Otro mundo es posible

Las pandemias no vienen solas

Especialmente cuando se convierten, de manera imprevista, en el signo global de una crisis de legitimidad que afecta todas las esferas de la vida social, política, económica y medioambiental del planeta. Nadie está libre de culpas en este trance. Aqueos y troyanos en cada región del globo se echan los trastos a la cabeza inculpando a sus enemigos de los males que nos aquejan a todos.

El COVID-19, como me dijo un amigo, es democrático. No reconoce identidades superficiales. Sin embargo, las condiciones materiales y formales con las cuales enfrentamos este y otros desafíos, no tiene nada de democrático, especialmente si pensamos la democracia, no solo como el reino de la libertad, sino también como el reino de la igualdad. Me quedo entonces con el pertinente análisis de Etienne Balibar, quien define el anhelo genuino de la democracia como empecinamiento fraterno por construir el «reino de la igualibertad». No hay libertad sin igualdad, como no hay igualdad sin libertad. Ese es el desafío al que debemos rendir nuestros esfuerzos.

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Lecciones del COVID-19

Dónde estamos

Quiero darle otra vuelta de tuerca al argumento que empecé a desarrollar en mi entrada anterior. Ahora tenemos tiempo para pensar qué hemos hecho y por qué estamos donde estamos. La fotografía es bastante deprimente. Y no me refiero al confinamiento, sino al caos reinante.

Hace unas horas bajé a comprar unas frutas y unos vegetales. La encargada estaba protestando por la actitud de muchos de los clientes que habían, literalmente, saqueado las reservas, llevándose todo lo que encontraban, pese a las advertencias del gobierno y la garantía del abastecimiento.

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COVID-19. La crisis en Catalunya

«Salut» informa

Hace unas semanas, cuando se anunció la primera rueda de prensa informativa sobre la epidemia por parte de la Generalitat de Catalunya, me senté frente a la televisión a escuchar el mensaje. Cuando el responsable acabó con su torpe alocución y sus alusiones veladas a la excelencia del servicio de salud catalán, tomé la decisión: mis hijos no concurrirían más, ni a la escuela, ni al instituto.

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El rugby y la lucha de clases

Otro asesinato perpetrado por «rugbiers» 

La suma de crímenes asociados a la violencia, al machismo y al patoterismo que rodea al rugby, al menos en Argentina, apuntan a algo más que a circunstancias fortuitas. En esta ocasión, en la localidad balnearia de Villa Gesell, once individuos, autodefinidos como «rugbiers», asesinaron a un joven de 19 años a golpes de puños y patadas en la puerta de una discoteca. Las imágenes de la brutal paliza circulan por la web. El debate público está servido. De manera análoga a lo que ocurre cuando evaluamos los crímenes machistas, hay quienes disculpan el comportamiento o lo relativizan, y hay quienes, por el contrario, intuyen trasfondos más complejos y preocupantes detrás de los hechos puntuales.

Con este nuevo caso de violencia protagonizada por gente asociada al rugby en el espacio público, da la impresión que estamos hablando ya de una «tendencia», reconocida, incluso (aunque cautamente), por sus propias asociaciones federadas, que señalan el cóctel explosivo que suponen: los hábitos patoteros + el consumo de alcohol + los patrones de agresividad social + la frustración y descontento que vive la sociedad argentina en su conjunto.  En síntesis, esos que llamamos «los rugbiers», en ciertas ocasiones y en ciertas condiciones, al menos en Argentina, matan. Hete aquí el problema.

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«Socialismo o barbarie»

Aunque, para algunos, el lenguaje pueda resultar «arcaico», el siglo nos encuentra, otra vez, en una encrucijada análoga a la que nuestros antepasados definieron, a mi juicio acertadamente, con la expresión «socialismo o barbarie». Es posible que para muchos de nuestros contemporáneos la palabra «socialismo» resulte ambigua, o incluso tramposa, pero el lugar X que ocupó el «socialismo» en el pasado sigue siendo una opción incontestable: es la alternativa utópica a la barbarie que impera en el mundo.

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