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No hacen política…juegan al fútbol

La política argentina, me dijo un analista colombiano, se ha vuelto una mariconada. Le perdoné el exabrupto, inadvertidamente discriminatorio, y le pedí que me explicara a qué se refería. Entonces, me retrucó: «No hacen política. Se dedican al fútbol».

Según el colombiano, el mayor logro de Macri ha sido convertir los asuntos graves en meras contiendas tácticas en el campo de juego, y en chicanas mediáticas para ablandar a sus competidores. Marcos Peña y Durán Barba son la expresión más acabada de esta representación reduccionista de la política.

En este marco, excepto unos pocos medios y contados periodistas, la mayoría ha abandonado la seriedad que merece la política a cambio de la sorna, la mala educación, o el talante futbolero cool para comentar los destinos de la patria.

Alguien podría pensar que la Argentina tiene una larga tradición en este rubro de espectáculos. Tato Bores sería un emblema de ese linaje satírico. El problema es que en nuestra época nadie ve estos programas y los juzga como parte del género humorístico. Todo lo contrario. Entrevistadores y tertulianos se presentan como expertos periodistas, cuando en realidad son operadores puros y duros, sin escrúpulos ni límite deontológico alguno respecto a la profesión que dicen representar.

Escuchar a los Carnota, Leuco, Majule, Lanata, o incluso Tenenbaum (o peor aún, a un Santoro – a quien el sindicato mediático salió a bancar sindicalizadamente cuando se descubrieron sus operaciones ilegales) autoendilgándose el mote de «periodista», resulta bochornoso por la obviedad de la hipérbole.

Pero en Argentina nos acostumbramos a todo, incluso a esta casta mediática que, desde hace décadas, desde los encumbrados registros a los que han sido ascendidos por los dueños de sus empresas, apabullan a la gente con sus mentiras sistemáticas o sus silencios cómplices. El caso D’Alessio y la persecución al juez Ramos Padilla es la muestra más evidente de esta perversión de los periodistas que, decían, «querían preguntar».

Obviamente, estamos hablando de un signo de época, que se asemeja al Zeitgeist menemista. ¿Quién podría olvidar las pantomimas del patilludo afeitado y saqueado con las hombreras de entonces? Con menos intrepidez (Macri no jugó en River, ni cerró la ruta 2 para conducir un automóvil de carreras, ni piloteó un caza, ni nada que se le parezca), el presidente aporta su granito de arena a esta tradición chabacana.

Es cierto que la Argentina es un país futbolero por donde se lo mire, pero Macri ha llevado al fútbol argentino, especialmente a su Boca Juniors, al bochorno de las relaciones internacionales, por ejemplo. Macri juega en otra liga, muy superior a la de su antecesor en el mando como capataz del imperio en tierras argentinas.

Presidentes y primeros ministros brasileros, franceses, españoles, colombianos, rusos y otros tantos, se han quedado boquiabiertos ante el ridículo de un presidente que, como el jardinero de Jerzy Kozinski, pero con desigual fortuna, repite sus licencias futboleras como si se trataran de sabias metáforas florales con la pretensión inconfesada de ser un «canchero».

Esto no sería nada si el entramado institucional estuviera consolidado en firmes cimientos. Pero lo cierto es que Argentina se hunde en la mayor inseguridad jurídica jamás experimentada durante gobiernos democráticos desde el comienzo mismo de nuestra historia republicana.

Ya no se trata de aprietes, se trata de extorsión lisa y llana, llevada a cabo por el poder ejecutivo, a través del poder judicial, y con el aparato mediático como ejecutor necesario. Un Estado sin garantías fundamentales es, sencillamente, un Estado tiránico. Y en eso es precisamente en lo que se ha convertido la Argentina: un régimen capitalista que impone sus prerrogativas a través de un poder judicial-mediático-policial antidemocrático que se asume como normalidad necesaria para sanear al país de su herencia populista.

Yo me atrevo a preguntar si a esta época deplorable seguirá otra mejor, y cuánto tiempo tendremos que esperar para el “Nunca más” aplicado al periodismo y la justicia actual.

Pero esto es solo la cara visible de la luna. Hay otro lado, oscuro, criminal, al que no prestamos suficiente atención, pero que lo ilustra el goteo de asesinatos cotidianos, la mugre criminal en los barrios, el miedo que carga la gente en el alma cuando sale a la calle, la inseguridad, la deslealtad, la traición y el escrache como método de comunicación diaria, que es el efecto inmediato de esta payasada institucional que es el republicanismo de Cambiemos y sus boinas blancas y peronchos vendidos, bajo cuyas alas se esconden la mediocridad intelectual y moral, el origen de resentimiento y odio que mantiene abierta esa herida llamada «grieta» por los publicistas de la derecha argentina, inventada para esconder con ella su desprecio y su codicia insaciable.

Todo esto da qué pensar. Uno se pregunta entonces: ¿qué quiere decir, verdaderamente, ser argentino? Tal vez, no significa nada. Tal vez sea solo nombre, una marca en la frente, una maldición que uno carga consigo. Si es así, y “Argentina” no es más que un nombre vacío que pretende acomodar una contradicción irreconciliable, tal vez sea cierto y no entremos todos en eso que llamamos «patria» (como piensan ellos, quienes han estado empujándonos a los abismos de la exclusión política y social) y va llegando la hora de pensar en clave de supervivencia de las grandes mayorías, antes de tentarnos con servir a los nuevos eugenistas sociales que hoy gobiernan el país desde los ministerios ejecutivos o sus oficinas en Nueva York, la City de Londres o Berlín.

Si es así, el llamado a la unidad no puede leerse en clave futbolera, sino que debemos hacer un esfuerzo por hacer una lectura eminentemente política de la unidad. Con toda la pesadez, con toda la gravedad, con toda la sustantividad que tiene el término «política» para nosotros, quienes no nos sumamos a la euforia de la información digital, pese a la convicción posmoderna que promueve el realista duranbarbiano que trata el poder como una mercancía y al ciudadano como un mero consumidor.

Nosotros creemos que la política genuinamente democrática no es únicamente un medio, sino un fin en sí misma. O mejor dicho, que en la política genuinamente democrática los medios y los fines confluyen, de tal modo que la política es, a un mismo tiempo, una manera de organizarnos y una manera de vivir. En ese sentido, somos de aquellos que creemos que el nombre «república» con el cual adornamos nuestro nombre colectivo no es un título vacío que acompaña nuestro nombre propio «Argentina», sino el imaginado horizonte de libertad y fraternidad que el macrismo insiste en pervertir.

En este sentido, la política que hoy se exige es, ineludiblemente, la de la unidad, pero no cualquier tipo de unidad, por supuesto, sino una unidad de La Política ( con mayúscula), es decir, una unidad de aquellos que están dispuestos a ir a la guerra «por otros medios», contra aquellos que atentan, una vez más, contra la democracia.

Una guerra sin armas, por supuesto, pero una guerra al fin y al cabo, en la que nos jugamos la supervivencia y la sustantividad de esos nombres, tan pisoteados por la coalición Cambiemos, que son  «República» y «Argentina».

¿Un nuevo amanecer?

La respuesta resultó desconcertante, tanto para el oficialismo «oficial», como para el disfrazado oficialismo que le hace la pelota a Cambiemos. Para la oposición fue un elixir de esperanza y un espaldarazo para la ciudadanía que hoy vuelve a creer que es posible recuperar el poder popular y echarse al hombro la recuperación del país.

La reacción individual tuvo gestos de grandeza que parecían olvidados en la sociedad. La aprobación fue unísona. Hubo toses, como la de Duhalde, y silencios elocuentes, como los de ese sector del peronismo federal que parece querer hundirse con Cambiemos en el agujero de la historia antes que dar el brazo a torcer.

Massa, en cambio, mostró inteligencia y aplaudió la jugada de unidad dejando la puerta abierta para llegar a un acuerdo en los próximos días. Si los pronósticos no son errados, en función del amanecer que se asoma luminoso, pese a la tormenta nocturna, Argentina se enfila hacia un nuevo comienzo.

Si finalmente la fórmula Fernández-Fernández de Kirchner tiene el éxito que se espera y se reordenan las prioridades de gobierno en función de las lealtades patrióticas que demanda el pueblo y las urgencias que exige la encrucijada, «la catástrofe» política y moral que han supuesto estos cuatro años de gobierno macrista podrán reescribirse en la historia popular como una oportunidad.

En este sentido, el mandato es claro: todas las acciones deben ir encaminadas hacia la consolidación de la unidad. Cristina señaló el camino, Fernández aceptó con humildad el encargo. El pueblo, que confía en su líder, parece dispuesto a darle su voto.

En los últimos meses, la figura de Alberto Fernández ha ido creciendo sin pausa. Sus dotes comunicacionales en un escenario polarizado como el que vive el país lo han terminado por convertir en la opción elegida. Eso no significa que el kirchnerismo, y el peronismo en general, no tuviera otros cuadros ejemplares. Kicillof, Solá y Rossi, por ejemplo, han dado sobradas muestras en los últimos años de una capacidad dialogante que no va en desmedro de sus convicciones, y no se altera pese a los golpes bajos, las trampas y la mentira sistemática que usa como arma de guerra el oficialismo acorralado. Pero Alberto Fernández suma a ese talante, imprescindible para el nuevo período, otros rasgos que justifican con creces el lugar que hoy ocupa: no es menor el acceso que tiene a sectores de la sociedad históricamente vedados al kirchnerismo.

Por otro lado, no es menor la presencia de Cristina en la fórmula. Pese a las acusaciones de «extravagancia» con la que se juzga la fórmula en los medios oficialista, Cristina da solidez y gobernabilidad al proyecto de recuperación que propone el país. Eso no significa, como pretende la oposición más vociferante, que Fernández será «el chirolita» de Cristina. Quiere decir, más bien, que el lugar vacante, que en la democracia ocupa el representante del pueblo en su función ejecutiva, tiene la venía y confianza del poder popular.

El futuro inmediato exige compromisos incluyentes y grandeza de espíritu. A Cristina le gusta hablar de la historia y eso resulta desconcertante para los «vecinos», la mera «gente», a la que le habla el macrismo, pero resulta profundamente significativo para la ciudadanía.

El imaginario programático al que se refirió Cristina al hablar en la Sociedad Rural de «ciudadanía responsable» pone en evidencia la arbitrariedad de las adjetivaciones de la política argentina en los últimos años. El pretendido «republicanismo» de Cambiemos acabo siendo, como el resto de sus promesas de campaña, palabra hueca. La decadencia institucional (especialmente en el ejecutivo y en el poder judicial) y la militancia represiva son lo más alejado que uno pueda imaginar de esas banderas levantadas en lógica maquetinera.

Finalmente, la palabra «traición» es un vocablo que tendremos que guardar en el trastero en esta nueva etapa. El macrismo fue arrollador, se presentó a sí mismo como «fin de la historia». Fueron muchos los que se dejaron arrastrar, seducir, apretar, por la inevitabilidad de la nueva dispensación de los globos amarillos y el regreso al mundo.

Aún así, excepto para los más recalcitrantes, el mal perpetrado durante este período ha sido tan profundo, la ineficiencia ejercitada por las estrellas oscuras del equipo conductor tan notoria, y el egoísmo del presidente y su círculo íntimo tan evidente, que hoy la coyuntura exige que dejemos atrás los rencores para reconstruir otra Argentina posible.

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Argentina, otra vez saqueada

Argentina (y América Latina en general) transita una de las épocas más oscuras de su historia de sangre y fuego. A la profunda crisis regional se suma el embate impiadoso de las derechas del subcontinente y la nueva política injerencista de Washington. En Brasil y Argentina el retroceso en términos sociales es notorio. La velocidad del deterioro institucional no tiene precedentes, pese a la propaganda mediática internacional que ha querido acusar a los llamados gobiernos progresistas de la última década de populistas (y, por ende, antidemocráticos).