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Macri y la naturaleza humana

El momento de la universalidad

En estos días de esperanza contenida, confusión, desengaño e ira, necesitamos, además de articular nuestra capacidad discursiva dirigida a volver a ganar en la próxima contienda electoral, reflexionar en profundidad el tiempo que se cierra frente a nosotros, para encarar el abismo que se abre a nuestros pies.

Las elecciones de las PASO, efectivamente, marcan un antes y un después. El gobierno derrotado se muestra iracundo, desorientado, ansioso y proclive a seguir cometiendo errores que empeoran nuestra situación. En algunos casos, la falta de templanza, sumada a la distorsión ideológica y la ausencia de «densidad moral» de sus referentes amenaza con convertir en catástrofe lo que debería ser, sin más, un traspaso de poder en el ciclo de alternancias que supone el ejercicio de las democracias modernas.

Esta confusión no es fruto casual de las personalidades en pugna en la contienda electoral, ni es el resultado de la praxis política profesional. Tampoco es el fruto de una supuesta perversión o decadencia cultural de los argentinos, como se repite con demasiada asiduidad. Más bien es la expresión de una confrontación histórica, nunca saldada, entre diferentes «modelos de país». Los diversos hitos de esa historia deben leerse, primariamente (aunque no exclusivamente) en términos de «universalidades» en disputa. Por supuesto, los personajes no son irrelevantes. Los «próceres» que entroniza cada facción en su lucha por la hegemonía cultural encarnan dichas universalidades y las virtudes que supuestamente se promueven.

Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de un «modelo de país»? Las coyunturas económico-financieras que atraviesa la Argentina cíclicamente invitan a pensar la cuestión de manera reduccionista. El nudo de la cuestión, nos dicen, gira en torno a la teoría económica que defienden los candidatos. De este modo, pertrechados con la argumentación consagrada globalmente para el caso, los economistas locales repiten sus razones para probar las bondades de sus propias recetas y las desdichas que causan (de maneras visibles o mediatas) las de sus contrincantes. Keynesianos, neokeynesianos, liberales clásicos, anarcoliberales, ordoliberales, marxistas y neoliberales de variados pelajes ocupan las pantallas televisivas explicando en lenguaje barrial para nuestras latitudes sus diagnósticos de época y las escasas recetas que en este presente incierto les es permitido delinear.

Sin embargo, la cuestión del «modelo de país» queda oscurecida debido, entre otras cosas, a las fórmulas reduccionistas que imponen las ecuaciones económicas. Lo cierto es que, en el fondo, lo que se encuentra en disputa son «filosofías políticas y sociales» contradictorias, al borde de la inconmensurabilidad en algunos casos.

Por consiguiente, lo que quiero defender es que lo que está en juego no son una serie de medidas económicas, ni siquiera concepciones económicas disímiles, sino que lo que disputamos es qué figura del Estado argentino imaginamos debería inspirar nuestras acciones políticas en el futuro que se abre ante nosotros. Y eso no significa, exclusivamente, pensar al Estado en el marco de su intervencionismo en el imaginario mercado que los liberales y neoliberales conciben como sagrado y exigen intocable. Implica también pensar el modo en el cual el Estado se entiende en relación a la sociedad civil de manera más amplia e incluyente. Entre otras cosas, cómo entender al Estado en relación a la ciudadanía y lo que implica ser ciudadano en términos de derechos y obligaciones en uno u otro Estado imaginado.

En este sentido, el macrismo ha demostrado que la relación que imaginan entre el Estado y la población sobre la cual este ejerce su poder se da de bruces con nociones sustantivas de derechos de «ciudadanía». El macrismo concibe al Estado como instrumento al servicio de los mercados, y dentro de los mismos, como un instrumento al servicio de las corporaciones económicas. El macrismo llegó al poder con el propósito explícito de posicionar a sus electores («el mercado») en una posición estratégica para librar otras batallas, en otros escenarios, para los cuales los «accidentes» locales son insignificantes. La pasión macrista por «volver al mundo», por ejemplo, y la fascinación macrista por la figura del alto ejecutivo de multinacional (CEO) como paradigma de la nueva política dice mucho de la filosofía política y social que inspiró a este gobierno fallido.

Se non è vero, è ben trovato

Por ese motivo, tildar de necedad e insensibilidad a Macri y a su entorno resulta problemático, porque al hacerlo esquivamos el antagonismo ideológico. Los movimientos nacionales y populares en cualquiera de sus formas no son repudiados por la real o supuesta corrupción de sus líderes, sino que, por el contrario, la corrupción real o supuesta de esos líderes es bienvenida porque sirve para argumentar contra las posiciones ideológicas defendidas por los líderes de esos movimientos. Por ese motivo, suelo decir que, si un gobierno popular fuera inmaculado moralmente y tuviera éxito en sus políticas alternativas, habría que inventarle de todas maneras corrupciones y escándalos para desacreditarlo ideológicamente. Buena parte de la política internacional se justifica de este modo. Si los enemigos del capital no son corruptos, habrá que volverlos tales para beneficio del capital.

En este sentido, el macrismo es una forma de «populismo», en contraposición de las «formas populares de hacer política» y, por consiguiente, promueve una forma de hacer política que es  profundamente «anti-popular»: es decir, está al servicio de intereses que perpetúan y extienden la explotación de los de abajo, utilizando estrategias discursivas e implementando políticas cuyo fin es manipular la voluntad popular para ponerla al servicio de los sectores oligárquicos.

Esto se ha puesto de manifiesto de manera reiterada en las expresiones de sus funcionarios, y en las expresiones del propio presidente en más de una ocasión a lo largo de toda su carrera como funcionario público, primero en la ciudad de Buenos Aires, como intendente, y luego como presidente de la República. Macri desprecia al pueblo argentino, como desprecian al pueblo argentino todos los representantes políticos al servicio de proyectos que dan la espalda a los intereses y necesidades de las grandes mayorías populares, que están preparados a hambrear y reprimir a esas mayorías en nombre de un ideal político que se basa, justamente, en imaginar nuestro país sin esas mayorías, o con esas mayorías «reconvertidas» para servir a los intereses de las minorías privilegiadas.

 Contra la justicia social

Hemos de ser claros en este asunto. Más allá de las alternancias circunstanciales y los «golpes» de efecto que han interrumpido cíclicamente la continuidad de los proyectos nacionales y populares con el fin de imponer la visión de una minoría y garantizar sus intereses de clase, la sociedad argentina se caracteriza por el persistente empeño en materializar un tipo de organización política basada en una noción muy peculiar de la «justicia social». Y con ello no me refiero exclusivamente al peronismo, aun cuando es evidente que es en el vocabulario «justicialista» que expreso en este contexto esa dimensión utópica de una «comunidad organizada» en la que se inspira la política popular en el ámbito local. Entre otras cosas, porque eso que llamamos peronismo o justicialismo es un movimiento diverso, que encuentra en su seno expresiones variadas, muchas veces en tensión antagónica, pero que en ocasiones es capaz de acomodar en su seno las más diversas expresiones dentro del espectro ideológico, especialmente cuando a lo que se enfrenta es a una concepción «neocolonial», si se me permite el vocablo, que en el presente adopta políticamente una forma cultural cosmopolita al servicio del capitalismo financiero y un acceso privilegiado a los mecanismos del Estado que facilita la apropiación y la monopolización de los recursos naturales y del trabajo humano.

Por consiguiente, cuando decimos que lo que está en disputa detrás de la ecuación de cada economista es una filosofía política y social, lo que estamos diciendo, en última instancia, es que los economistas responden implícitamente a una cierta concepción de la «naturaleza humana» o, al menos (y mayoritariamente en nuestras circunstancias locales), a una concepción de la naturaleza del «pueblo argentino». Cuando escuchamos a esos economistas y dirigentes políticos comparar a la sociedad argentina y a su gente con los llamados «países serios», estamos ante una descalificación en toda regla de las mayorías populares, y una distinción implícita de esa Argentina profunda con quienes emiten esos juicios despectivos respecto a los imaginarios y prácticas sociales del pueblo argentino, y se identifican con las minorías ilustradas.

No se necesita demasiada perspicacia para identificar ese trasfondo en el macrismo. La derecha vernácula, tanto en sus formas neoconservadores como neoliberales, tiende a responsabilizar al pueblo y a sus líderes de todos nuestros fracasos, y se inclina por concebirlos como lo bajo, lo oscuro, lo corrupto, lo pecaminoso, la causa fundamental de nuestra frustración colectiva. En contraposición, identifica a las élites ilustradas como las portadoras de una verdad salvífica, conectada al mundo, sofisticada y civilizada. Es decir: sigue afirmando la concepción sarmientina de la antinomia «civilización y barbarie», lo cual le sirve de base, dicho sea de paso, para intentar imponer una nueva regla educativa que está enteramente al servicio del capital (en contraposición a una educación al servicio de la libertad) y un nuevo registro represivo (con el fin de contener los malestares que esta reconversión de «la gente» a mero instrumento produce). En síntesis: estas minorías están empeñadas y obsesionadas por superar las tradiciones políticas populares como el peronismo, a las que tildan de «populistas», al que acusan de supersticioso, y asocian a la fealdad moral y al oportunismo, y por medio del cual explican el fracaso histórico de la sociedad en la que vivimos: la famosa decadencia de los últimos 70 años de los que nos hablan personajes como José Luís Espert o Fernando Iglesias.

 Psicología y política

En este contexto, el enfado de Macri no es (o no es solo) una muestra de la debilidad moral del presidente frente a la adversidad de la derrota. Se trata más bien de la expresión de su fanatismo y su obsesión política. Macri es heredero de una tradición que tiene como principal objetivo contener las aspiraciones de las grandes mayorías populares, que desprecia sus reivindicaciones y considera a la patria como objeto de su exclusivo señorío.

Como señalaba hace ya muchos años la filósofa política Ellen Meiksins Wood, los sistemas políticos de pensamientos institucionalizan específicas concepciones del ser humano que favorecen, premian, o privilegian ciertos tipos ejemplares de seres humanos. El macrismo pretendió convertir a figuras como Juan José Aranguren, Luís Caputo o Carolina Stanley, entre otros, en paradigmas de la nueva política argentina. El CEO, el especulador financiero, y la directora de ONG, imitando la estética de la gobernanza neoliberal, se unieron durante cuatro años con el fin de materializar el sueño cosmopolita de las élites argentinas para el siglo XXI. El resultado: un fracaso rotundo que, una vez más, los sectores populares tendrán la responsabilidad de subsanar.

«Si no ganamos, la guerra…» – El macrismo no tiene quien le escriba

Los senderos no se bifurcan

Macri eligió a los generales que librarán la batalla final por «el alma de los argentinos»: Marcos Peña y Elisa Carrió arengan a la tropa para que se inmolen por la República de Mauricio.

La épica es mentirosa y berreta a esta altura del partido. No es solo la economía (¡Estúpido!), la sociedad está en terapia intensiva y las mismas instituciones de la patria republicana que el macrismo con aspavientos reclama como propia se han convertido en una caja de herramientas al servicio de la manipulación política, judicial y mediática.

Una oscura conexión existe entre (1) los asesinatos a sangre fría perpetrados por las fuerzas policiales que la ministra Patricia Bullrich defiende a capa y espada, (2) las tramas corruptas que involucran a funcionarios de inteligencia, espías y periodistas en causas como las que investiga el Juez Ramos Padilla en Dolores, (3) las operaciones financieras al servicio de familiares y amigos, y las cuentas off-shore de funcionarios y (4) las declaraciones de guerra que el presidente Macri y sus secuaces pronuncian desatinadamente en estos días para revertir (dicen) el «palazo» de las últimas elecciones que (sin embargo) «no existieron»: extraña paradoja que expresa el maestro Zen devenido primer mandatario.

También existe un hilo invisible entre la catástrofe medioambiental en la Amazonia que mantiene en vilo a la opinión pública mundial en estas horas y la política de «tierra arrasada» que practica el gobierno y quienes con sus políticas se benefician: agroexportadores, compañías mineras y energéticas.

¿Quién se acuerda hoy de las banderolas que Greenpeace desplegó en la exposición de la Rural hace unas semanas denunciando las practicas sistemáticas en el monte argentino que anuncian catástrofes análogas en nuestro territorio a lo que ocurre en la Amazonia? Macri, como Bolsonaro, reaccionó de manera análoga ante la denuncia: le inició una causa judicial penal contra la ONG internacional. Y Greenpeace respondió de manera análoga al modo en que lo hizo ante las denuncias de Bolsonaro, tildando las denuncias de ridículas y malintencionadas.

¿Todos somos Amazonia?

Definitivamente, de poco sirve publicar mensajes en las redes sociales llamando la atención sobre la tragedia que los incendios suponen, al tiempo que hacemos oídos sordos o practicamos la equidistancia de los santos frente a los reclamos de justicia que apuntan a las causas profundas (políticas e ideológicas) de esas catástrofes naturales que todos repudiamos.

Sabemos que entre Bolsonaro, Trump y Macri existen coincidencias ideológicas notables, intimidades inconfesables y proyectos estratégicos convergentes.

Los tres promueven y justifican la violencia (material y simbólica) como prerrogativa exclusiva y herramienta central de sus políticas sociales.

• Los tres promueven el hambre, la opresión y la exclusión como método de control social y garantía de acumulación y monopolización de todas las riquezas a su alcance.
• Los tres comparten alguna forma de desprecio moral hacia migrantes, minorías sociales o políticas, y apuestan por la confrontación como método de acumulación de poder.
• Los tres han promovido a un mismo tiempo el desguace sistemático de cualquier política progresista promovida por el Estado y una generosa legislación a favor de los grandes capitales.
• Los tres han profundizado o facilitado las prácticas que ahondan el deterioro medioambiental, tanto en el ámbito urbano como rural, que en algunos casos (la Ciudad de Buenos Aires es un caso ejemplar) camuflan con «estética verde de ciudadanía responsable», dejando intacto el fondo del problema.

El nuevo día de la marmota: 24A

El apoyo que su electorado brindó al gobierno de Macri en la jornada de ayer es encomiable en términos democráticos. Los porteños que apoyan a Macri salieron a la calle con sus banderas y vitorearon a su líder, y como en otros actos de signo contrario, dedicaron expresiones de oprobio a sus contrincantes. Nada que objetar, más allá de algunos gestos y actos de intolerancia que se viven en todas las marchas.

En tiempos de crisis como los que vive el país, y con la encerrona en la que ha quedado atrapado debido a las «poco inteligente», tal vez «oportunistas» políticas desplegadas por el gobierno con la intención explícita de llevarnos a un nuevo idilio con el mundo que se traduciría en felicidad local para cada uno, sino colectiva, individualmente, las propuestas positivas que puede desplegar a esta altura son escasas.

La oposición hace bien en señalar que a lo que se enfrenta son las políticas neoliberales promovidos por el gobierno, heredero del caudal ideológico y simbólico construido por el delarruismo, el menemismo, el ucederreismo, la dictadura militar y la llamada «Revolución Libertadora» y sus proles durante los 18 largos años de proscripción peronismo. También hace bien en recordar que a sus espaldas, la coalición que lidera Fernández, tiene una tradición y una historia de resistencias que ha dado muestras de firmeza frente a los descalabros que esa otra Argentina que hoy representan (como en otras ocasiones) las fuerzas conservadoras del PRO aliadas al mediopelo del radicalismo antipopular produjeron.

Sin embargo, en este contexto, las definiciones respecto al futuro gobierno en términos de medidas son precavidas y se dejan caer con cuentagotas. Sabemos que estamos hablando de dos países que son como gemelos que se miran de uno y otro lado del espejo. Son el mismo país, pero uno es diestro y el otro «siniestro», como nos recordaban las señoras y los señores encendidos por la ira en el centro de la capital porteña en estas horas. En cualquier caso, Alberto Fernández se atiene a una obviedad, el saldo positivo de doce años de gobierno kirchnerista en términos de inclusión social y desarrollo que se ven resaltados si se aprecia el hundimiento «neoliberal» causado por la progenie macrista.

El macrismo solo tiene para mostrar al «cuco populista». Paradójicamente, el propio Macri y algunos de su funcionarios parecen atraídos por el discurso neofascista de personajes como Bolsonaro y Trump, y en los últimos días han dado muestras que han elegido como estrategia electoral seguir profundizando la brecha entre los argentinos. Lugartenientes como Bullrich y Carrió audazmente admiran y emulan a estos influencers del radicalismo político.

Razones y sinrazones

La razón de esta estrategia del odio es evidente. El listado de logros que el macrismo tiene para ofrecer a su electorado es etéreo y no admite chequeos o repreguntas: cloacas, baches e institucionalidad.

Los datos no acompañan el empeño que intenta transmitir el latiguillo de moda en los medios con el cual se pretende minimizar la mala praxis y el dolo de este gobierno en lo que concierne a lo más básico (la alimentación, la salud y la educación de los argentinos). El latiguillo dice que «con las obras públicas no se come», dando a entender que se ha hecho mucho, pero se ha descuidado la heladera.

El argumento es falaz, porque los datos autorizados desmienten la extensión de las obras y la escasez en la heladera es mucho más grave que lo que que denota la palabra «ajuste». Estamos hablando de millones de nuevos pobres e indigentes. Estamos hablando de una crisis de desnutrición infantil que avergonzaría a los gobernantes de otras latitudes más desfavorecidas. Estamos hablando de un país que en el mismo período en el que manufacturaba la miseria generalizada de la población recibía préstamos astronómicos del mercado financiero internacional, y luego un salvataje que en el mismo período en el cual el gobierno lanzaba a la miseria a tantos millones de niños, el Estado argentino recibió préstamos astronómicos del mercado financiero internacional y un salvataje del FMI que se encuentra en los anales de la institución como el más cuantioso de su historia. Estamos hablando de un «miseria planificada», basada en el endeudamiento y la fuga.

Efectivamente, decenas de miles de millones de dólares se fugaron al exterior, mientras los niños y las niñas argentinas acababan en comedores abarrotados, obligadas a alimentarse con dietas de escaso valor nutricional, forzadas a regresar a la mendicidad, y por ello expuestas, otra vez, a la corrosiva, morbosa, desempoderadora caridad que las «damas» y los «damos» argentin@s del PRO, muchos de ellos adeptos a la espiritualidad reconvertida cool, «socialmente responsable», ofrecen como sustituto de los difamados derechos que un gobierno peronista (ese demonio nacional tan denostado) se ocupó de reconocer a las mayorías populares y que un gobierno neocon y neoliberal se aplicó a recortar para convertir a la patria, eso decían, «en un país serio».

El yogui tonto y la patria financiera

El macrismo se presentó ante la sociedad argentina como una comunidad aggiornada de gente cosmopolita que valora la expertise y el esfuerzo personal por sobre todas las cosas, y cultiva formas cool de trato personal inspiradas en la cultura corporativa. El cambio que propuso estuvo basado en una reevaluación de la educación, en el desprecio hacia las formas críticas de pensamiento, y la exaltación del pragmatismo y la eficacia que son exigidas en las esferas transnacionales donde la habilidad financiera y la estética de la firmeza inescrupulosa frente al infantilismo popular y el sentido común de las poblaciones prima por sobre la compasión concreta hacia el otro de carne y hueso que padece nuestros triunfos.

El macrismo llevó como uno de sus estandartes más elevados el compromiso con el diálogo abierto, franco, constructivo, y salpimentó sus performances discursivas en el espacio público-mediatizado con metáforas extraídas de los libros de autoayuda que sus gurús le inculcaron para triunfar y asegurar su continuidad en la victoria, convirtiendo a su electorado en una masa acrítica de votantes que asumieron su heredada pureza histórica y reinterpretaron el desquicio socio-económico e institucional como un antídoto necesario para embarcar de una vez por todas a la Argentina en una senda de progreso. «Argentina tiene que convertirse, por fin, en un país serio». Y eso significa deshacerse de ese sector del pueblo, mediocre y oportunista, que aún confía en el peronismo, entendido como una banda de corruptos audaces.

Estas fueron las marcas de identidad de una política que, como ocurrió con los representantes de la llamada «Revolución Libertadora», el onganiato, los militares genocidas, el menemismo y el delarruismo, tuvieron su tiempo de gloria, para regresar a los anales del despropósito en los que cíclicamente se repite la sociedad argentina, conduciéndola de regreso a sus acontecimientos catastróficos.

Los números estadísticos son inimpugnables. Sin embargo, el heredado antiperonismo no conoce de razones. El fracaso del gobierno, pese a la apabullante realidad que las urnas dejaron a la vista de todos, no alcanza para sofocar el odio y el miedo que alimenta al núcleo duro de una ciudadanía que se empeña en su moralismo hipócrita y su discriminación sistemática de aquellos a quienes juzga diferentes.

Las redes sociales no son una medida fiable, pero en estos días proliferan expresiones eugenésicas que explican, pese a la evidencia de la mala praxis de sus referentes gubernamentales, y el fracaso evidente del modelo promovido, los votos que aún conserva la coalición derrotada. Un militante de este espacio exigía de este modo a su círculo de contactos en las redes la necesidad de no dar el brazo a torcer en las elecciones de octubre: «El macrismo no será abono para nuestra tierra, pero es el pesticida que necesita el país para sacarse de encima a los parásitos que habitan en ella».

Macri conquistó el gobierno con tres propósitos como banderas: (1) reducir la inflación y alcanzar el equilibrio fiscal, (2) pobreza 0, y (3) terminar con la grieta. Ninguna de estas promesas se cumplió.

La inflación es hoy muchísimo más alta que en 2015, y el peligro de espiralización de la misma se encuentra latente, pese a la profunda recesión que vive la economía argentina. El desequilibrio fiscal ha crecido al ritmo del achicamiento de la economía en términos absolutos.

En este contexto, la situación social es muy delicada. No solo han aumentado los índices de la indigencia y de la pobreza, sino que la totalidad de la sociedad argentina se ha visto empobrecida de manera alarmante, elevándose de modo preocupante los datos de la desigualdad. El endeudamiento a nivel nacional y provincial (especialmente la provincia de Buenos Aires que gobierna María Eugenía Vidal con cara de «yo no hice nada») es exorbitante. También las familias han debido hipotecar su futuro para subsistir en este presente de «crisis terminal».

Finalmente, el desencuentro de los argentinos es hoy más profundo que el de ayer, debido, paradójicamente, al anti-republicanismo y a la inseguridad jurídica promovidos por el gobierno del Ingeniero Macri, quien ha elegido la estrategia de la persecución judicial y mediática, las prisiones preventivas, la opacidad frente a la transparencia, las operaciones de inteligencia, la extorsión y el escrache, en síntesis, el juego sucio, para enfrentar a una oposición que, contrariamente a lo que se predica, ha actuado durante estos cuatro años con mesura democrática y apego a la institucionalidad del país, aún en el descalabro y pese a las reiteradas muestras de autoritarismo del gobierno en funciones.

Mientras una parte del electorado macrista, a pesar de la derrota de las PASO, vuelve a encender su discurso victimista y retoma la campaña, ahora más radicalizada que nunca entre sus bases, asumiendo sin miramientos formulaciones que en otras latitudes serían consideradas como «de extrema derecha», otra parte del electorado que en el 2015 apoyó su candidatura se esconde detrás de esa nueva cultura, indiferente políticamente, abocada a las prácticas onanistas de la espiritualidad posmoderna que ha inundado a la Argentina prometiendo apaciguar la zozobra que supone nuestro hipotético fracaso colectivo.

El yogui tonto, el ciudadano políticamente indiferente y el macrista militante coinciden en un punto. Todos ellos juzgan que el país está cautivo de una supuesta obstinación populista. Anhelan trascender las vecindades de pobres que los rodean, el país «peronista» y sus modales poco sofisticados, los conflictos de clases, la miseria y la queja de la gente cualquiera. Para ello se imaginan volviendo al «mundo de los países serios», a la aventura del desarraigo cosmopolita, o a las purezas de sus inventados templos interiores. Todos ellos conforman el potencial mercado electoral donde se nutre y pesca votos Cambiemos para asegurarse algún tipo de supervivencia después del 10 de diciembre.

Lo paradójico del asunto es que tanto uno como otro (el militante macrista y el yogui tonto) basan sus aspiraciones políticas en un axioma peligroso e imposible: que la Argentina real es una Argentina ilusoria que es posible reinventar desde cero. Digo que este axioma es peligroso porque todo proyecto que exija «tierra arrasada» para concretarse acaba sacrificando a las grandes mayorías populares a la exclusión y al olvido; y digo, además, que es imposible porque esas mayorías despreciadas no permanecerán pasivas y en silencio mientras las minorías iluminadas pretenden reconvertirlas. En una democracia sustantiva, como la argentina, estas mayorías, entre otras cosas, votan, defienden sus derechos, se movilizan. Y la historia nos cuenta que frente al poder autoritario se resisten, se rebelan y luchan.

La tarea que tenemos por delante consiste en explicarle al yogui tonto y al ciudadano indiferente que no basta con descubrir o inventar nuestro Shambala personal en medio del descalabro, sino que debemos asumir el fracaso del país como una derrota y un fracaso propio, propiciando con ello la autocrítica, para empezar a construir una nueva visión para el futuro de la patria de todos.