Archivo por meses: octubre 2019

El antiperonismo

La posibilidad de que «el mundo inferior y terrible», la «gente baja y mala», pueda llegar a mandar, la posibilidad de la «democracia» en el viejo sentido tradicional del término —como gobierno de los libres pobres— no volvió a conocerla Europa [durante mucho tiempo]

 Pero la «democracia», el fantasma espectral de la irrupción de los pobres libres en el escenario político, volvió con la crisis de las monarquías absolutas y con el estallido de las revoluciones…

ANTONI DOMÈNECH

 

El triunfo y la grieta

Alberto y Cristina Fernández ganaron ayer las elecciones presidenciales en Argentina de manera holgada, y en primera vuelta (7 u 8 puntos porcentuales de diferencia respecto a su competidor: Mauricio Macri, acompañado del experonista Miguel Pichetto, ahora devenido un antiperonista mayúsculo. En la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, alguna vez la estrella “pop” del oficialismo en retirada, fue derrotada con rotundidad por Axel Kicillof. La herencia que dejan Macri y Vidal a los argentinos es la de un Estado quebrado y ausente que se tradujo socialmente en miseria, pauperización generalizada, inseguridad en alza y “más grieta”.

Sin embargo, estrictamente hablando, lo que es notable no es la derrota del oficialismo, sino el sustantivo apoyo que recibió de una parte de la ciudadanía la coalición gobernante que reúne a los militantes y simpatizantes PRO, con los radicales conservadores, los neoconservadores de diversos pelajes, y el creciente ultra-tradicionalismo de algunos sectores asociados al fundamentalismo religioso católico o evangélico.

Los guarismos a estas horas reconocen una masa electoral global del 40% que votó a Macri en las presidenciales, con epicentros en la capital, el interior de la provincia de Buenos Aires y, sobre todo, la provincia de Córdoba. Estos son los datos que hay que analizar. Porque, teniendo en cuenta el fracaso del macrismo en cualquiera de los términos en que se lo considere, y la profundidad del desajuste entre sus promesas de campaña y sus actos ejecutivos, resulta evidente que ha habido muchos ciudadanos que estaban dispuestos a tragarse el sapo y votarlo, pese a las pérdidas reales que ello pudiera significar en términos materiales y simbólicos.

Las promesas

Se ha hablado mucho de lo bueno, de lo malo y de lo feo de la gestión macrista. Tres elementos suelen analizarse para sintetizar su fracaso basados en las promesas de campaña que llevó a Macri a la Casa Rosada en 2015:

1) “Pobreza 0”

2) Libertad de mercado

3) Transparencia institucional

Un análisis sosegado demuestra que en las tres categorías el gobierno fracasó en sus objetivos explícitos.

La campaña expresada en términos de “pobreza 0” fue rápidamente rearticulada, no como proyecto de gobierno, sino como ideal moral de los supuestos hacedores del cambio. Con ello, su base electoral, alimentada por la fobia recalcitrante hacia los “planes sociales”, el “clientelismo”, y el hipotético “choripanerismo” peronista, se vio doblemente frustrada. No solo aumentó la pobreza, y con ello la «estética de la miseria» que tanto asquea al votante macrista, sino que se multiplicaron las violencias y, con ello, los planes sociales dedicados a la contención frente a una economía financiera salvaje que solo podía sostenerse aplicando un mecanismo de subsistencia asistencialista que, en la era macrista, ha alcanzado niveles sin precedentes.

Algo semejante ocurrió con la bandera de la “libertad de mercado”. Si los votantes de Macri en 2015 exigían furiosos su derecho a comprar dólares para viajar a Punta del Este, Miami o Europa, y hacían del fin del cepo cambiario una suerte de “toma de la Bastilla” para el siglo XXI, hoy, al final del camino, sus bases se encuentran con un cepo cambiario (literalmente) diez veces más estricto de aquel contra el cual se levantaron en armas en el 2015. Por otro lado, al “desorden de la economía” por el cual despotricaban los profesionales del rubro y que el macrismo venía resolver, ha seguido un caos financiero y una catástrofe productiva que ha hecho crecer el desempleo, la sub-ocupación, el hambre, la desnutrición, y la incertidumbre, hasta forzar el reconocimiento de un “estado de emergencia.

Finalmente, el gobierno de Macri, llamado a ser el gran gobierno de la transparencia, se ha convertido en el campeón de una corrupción sistémica. Más allá de la corrupción endémica que afecta globalmente al sistema político en las democracias actuales, enrevesado con intereses corporativos y mafiosos, el gobierno de Macri puede jactarse de haber sumado a lo usual, la sistematicidad en el uso corporativo del Estado para el provecho privado, además de la pornográfica utilización de la extorsión judicial, las escuchas ilegales, las prisiones preventivas, el escrache mediático, la represión y violencia injustificada, y el saqueo a mansalva de recursos públicos como instrumentos de poder. La corrupción kirchnerista parece un chascarrillo pueril si lo comparamos con el tamaño y diversificación de la corrupción macrista. El macrismo ha convertido en ley la estafa al erario público.

El antiperonismo: una pasión antidemocrática

Sin embargo, todo esto no hace más que acentuar la sorpresa que supone la excelente performance del macrismo en estas elecciones. ¿Cómo es posible que el 40% de la ciudadanía apoyara a un gobierno tan mediocre y corrupto, con resultados tan pobres, y guarismos tan negativos en todas las áreas de su desempeño? La respuesta es fácil. A Macri no se lo votó por lo que hizo, o por lo que pudiera hacer en el futuro (el grueso de sus votantes reconoce que el presidente no tiene luces y tampoco las tienen quienes habitan el círculo íntimo que lo acompaña. Se lo votó exclusivamente porque representa la única “opción realista” frente al peronismo (y muy especialmente, frente al kirchnerismo).

Por ese motivo, parece claro que lo que necesitamos explicar es el antiperonismo, cuya más notoria característica es la fobia ciega contra todo aquello que lo define negativamente. Es decir: el objeto al que debemos llevar al «juicio político» es esa patología muy argentina. O, parafraseando a José Pablo Feinmann, esa “persistencia”, esa “obsesión” tan argentina que llamamos “antiperonismo”.

Suele decirse entre los intelectuales argentinos de cuño liberal o conservador que el problema argentino que debemos resolver es el peronismo. Estos intelectuales se jactan frente a los intelectuales y científicos sociales extranjeros del carácter incomprensible de ese movimiento popular y esa construcción política (esa enfermedad nuestra). Pero el peronismo no es algo misterioso o incomprensible. Todo lo contrario. Es un fenómeno social y político perfectamente identificable históricamente. Los de abajo se rebelan frente a los poderes fácticos, se resisten y luchan, se organizan, elijen sus líderes, conquistan derechos, y recurren a la imaginación para afirmar sus costumbres de clase frente a los ricos que los explotan, los oprimen y los denigran. En la historia del peronismo hay luces y sombras, evidentemente, pero más allá de las circunstancias, el peronismo es, mejor o peor, una expresión de esa lucha popular por mejorar las condiciones de vida, cuestionar la distribución de los recursos, exigir el reconocimiento de la igualdad en la libertad.

Más difícil es explicar el “odio antiperonista”, aunque es expresión también de un fenómeno universal: la fobia contra los pobres cuando estos se rebelan y pretenden estar en pie de igualdad frente a los ricos y privilegiados. Es en este contexto que encuentra explicación la militancia antiperonista de los “radicales conservadores”, el asco de ciertas clases medias revueltas en sus entrañas ante la posibilidad de un regreso de “la yegua y sus secuaces” — unas clases medias que, paradójicamente, han sido el producto de una movilidad social que manufacturaron las fuerzas políticas que orbitan en los movimientos populares entre los cuales destaca el peronismo.

Liberales, radicales conservadores y anarcocapitalistas

Por consiguiente, el antiperonismo es el verdadero objeto de reflexión que debemos privilegiar en los próximos años. Porque, como explicaba recientemente Thomas Pikketty, el misterio no está en la pobreza en sí misma (el fenómeno, probablemente, más estudiado empíricamente por las ciencias sociales desde su instauración), sino en la riqueza, que hace posible y fabrica pobreza, y que se mantiene sagazmente ajena a la mirada de los investigadores del establishment.

Nāgārjuna (ese gran filósofo dialéctico budista) explicaba hace casi dos milenios que la clave para superar la ignorancia consiste, en primer lugar, en identificar claramente el objeto para ser refutado. Otro filósofo budista, Shantideva, lo ilustraba diciendo que de nada sirve disparar la flecha si no conocemos el blanco al que deseamos dirigirla. En nuestro contexto eso implica que, aunque pasáramos mil años tratando de resolver los problemas sociales y políticos que padecemos, no lograríamos erradicarlos si antes no somos capaces de definir claramente el objeto que hemos de remover.

En este sentido, y contra lo que repiten liberales y conservadores, la gente bien y la gente no tan bien que llenó las plazas con su «millón del ‘Sí, se puede’”, el problema de la Argentina no ha sido en el pasado, no es en el presente, ni será en el futuro el peronismo y los movimientos políticos populares: el problema no son los pobres.

Tampoco el mal del nuestro país está en la falta de educación, o la supuesta ausencia de “cultura del trabajo” — a la que apuntan los macristas y sus compañeros de viaje: los «radicales conservadores» antialfonsinistas, la derecha ultramontana, o los anarcoliberales de Espert.

En todo caso, el problema ha sido, son y serán, siempre, los ricos, y los «trepas» —esa clase monstruosa— que los admiran y emulan, y los capataces que les sirven. El problema ha sido, es y será siempre el antiperonismo, la educación que manufactura exclusión, y la cultura de la esclavitud y la discriminación.

El futuro posible

El 10 de diciembre comienza una nueva etapa para la Argentina. Las circunstancias son extremadamente difíciles. La herencia recibida es verdaderamente pesada en esta ocasión.

Alberto Fernández, Cristina Fernández y el resto del Frente de Todos, además de los aliados que puedan unirse en los próximos meses, tienen ante sí la ocasión, una vez más, de darle la vuelta a la historia, dejando atrás este grave «tropiezo» de cuatro años en los que las clases populares aprendimos a ver desnudos en su crueldad a nuestros antagonistas.

Chile: el fin de una ilusión

Alienígenas y comunistas

María Cecilia Morel Montes, la primera dama de Chile, la esposa del presidente Sebastián Piñera, caracterizó a los manifestantes que «invadían» las calles de Santiago como “alienígenas” y “extranjeros”. La prensa internacional de derecha no tuvo reparos en secundar sus dichos, calificando a las masivas protestas en el país andino de “comunistas”, fruto de la actividad subversiva de «países villanos» como Cuba o Venezuela. La estrategia es bien conocida.

La explicación resulta estrambótica y sintomática, especialmente si se conocen los datos de la desigualdad en Chile, un país que ha estado en boca de analistas, periodistas y académicos durante las últimas décadas como ejemplo de lo que tiene para ofrecer un buen programa de austeridad fiscal, y una economía ordenada y obediente a las recetas neoliberales que alientan los organismos multilaterales.

Hoy, esos acérrimos publicistas del paraíso chileno «descubren» lo que para cualquier persona «decente», libre de prejuicios ideológicos, resultaba una evidencia palpable: que el «paradigma chileno» era una ficción oportunista. Chile es el país más desigual de Latinoamérica, una región – dicho sea de paso – cuyos registros estadísticos demuestran que es la más desigual del planeta. Chile, el ejemplo predilecto de periodistas, profesores y expertos liberales para validar sus recetas de buen gobierno, ocupa el décimo lugar entre los países más desiguales del mundo. ¡No es poca cosa saber esconder semejante realidad detrás de las máscaras del buen hacer!

La herencia pinochetista

Sin embargo, Chile no ha empezado a ser desigual ayer, ni antes de ayer, sino que ha forjado su hipotético éxito económico a través y gracias a esa desigualdad e injusticia social.

Lo ha hecho blindando las estructuras de poder político para evitar la porosidad institucional que permitiría cuestionar el carácter elitista de su democracia, fundada (recordémoslo) en un régimen dictatorial que supo implementar el primer programa neoliberal integral de la historia. Un programa en cuyo diseño participaron, personalmente, sus más prominentes promotores internacionales: Milton Friedman y Fredrick Hayek, quienes desde el primer momento afirmaron su absoluta preferencia por la libertad de mercado por sobre la igualdad y la fraternidad entre los seres humanos, ignorando la crueldad y la muerte que sus programas de ajuste fiscal y privatizaciones exigían. Hayek decía en una famosa entrevista concedida al diario ultraconservador El mercurio en su visita a Chile de 1981:

Una sociedad libre requiere de ciertas morales que en última instancia se reducen a la mantención de vidas: no a la mantención de todas las vidas, porque podría ser necesario sacrificar vidas individuales para preservar un número mayor de otras vidas. Por lo tanto, las únicas reglas morales son las que llevan al «cálculo de vidas»: la propiedad y el contrato.

Por lo tanto, el descalabro en Chile viene de lejos, y tiene fuentes ideológicas de calado. Frente a ello, sin embargo, la ciudadanía chilena no ha permanecido dócil. Muy por el contrario, la historia reciente ha estado marcada por protestas cívicas de estudiantes y trabajadores, a las que los gobiernos, tanto de centro izquierda, como de derecha, han respondido con una represión asesina. Recordemos que el saldo de la represión de los últimos días es de 18 muertos.

Lealtad de clase: una izquierda para «los de arriba»

Las declaraciones del expresidente Ricardo Lagos en las últimas horas dan testimonio de la lealtad de clase que inspira a la dirigencia chilena. Pese a las diferencias cosméticas y estratégicas respecto a sus contrincantes electorales, la «izquierda» chilena ha sostenido de manera incuestionada la estructura de explotación que define al país.

Es cierto, frente al carácter pornográfico de las declaraciones de la primera dama llamando alienígenas a sus conciudadanos, acusando de las revueltas a una supuesta internacional marxista, y reconociendo atemorizada ante el desborde social que tal vez había llegado el momento de «disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás», las de Ricardo Lagos o Michelle Bachelet parecen equilibradas e inteligentes. Pero, bien miradas, son expresiones que apuntan al nudo del problema.

La clase dirigente chilena, de «izquierda» y de derecha, responde a una lealtad de clase por sobre cualquier formalidad democrática. Las opiniones del presidente Lagos sobre lo que está ocurriendo en su país lo ponen de manifiesto. Sus explicaciones falaces sobre las causas del malestar, y, con ello, la condena implícita e inmisericorde de los manifestantes, desnuda la visión de clase que lo informa.

De acuerdo con Lagos, Chile ha hecho mucho por los pobres, aunque no haya sido suficiente. Los pobres, para Lagos, son la «alteridad» de Chile, alienígenas o extranjeros que los privilegiados disciplinan y soportan, una amplia mayoría de la población hoy disfrazada de clase media a través de aceitados malabares estadísticos. Porque, más allá de lo que indica el PBI, la pobreza es endémica en el país andino. Afecta a un enorme porcentaje de la población, mientras otro minúsculo porcentaje concentra de manera obscena el grueso de la riqueza.

En ese sentido, los asesinatos perpetrados por las fuerzas policiales y militares en estos días, y las denuncias de torturas y abusos que no resultan difíciles de imaginar a la luz de lo que hemos visto en las pantallas televisivas, dejan al descubierto la mezquindad y complicidad de la izquierda chilena, que ha co-gobernado y facilitado la gobernanza pinochetista en el país, perpetuando la estructura neocolonial que le ha valido el aplauso del establishment global.

La posdemocracia europea contra la igualdad

Pero, el terremoto político de Chile no es un hecho aislado en la región. El fracaso estrepitoso del gobierno de Mauricio Macri en Argentina, que ha regresado al país al abismo financiero y a la pauperización masiva de la sociedad; la catástrofe social y política que ha producido el gobierno de Bolsonaro en Brasil, que ha dinamitado las políticas de igualdad implementadas por el gobierno anterior y las políticas de integración regional con sus «trumputeadas misóginas, eco-negacionistas y racistas»; y la fragilidad institucional que hoy aqueja a Ecuador, debido a la traición electoral de su presidente, quien ha impuesto un programa de ajustes y privatizaciones salvaje contra quienes lo condujeron al Palacio de Carondelet; todo esto, sumado a lo que acontece en otras latitudes de la región, marca un nuevo giro con dirección incierta.

En este escenario, los intereses de Washington parecen estar en entredicho. Su apuesta por las derechas locales para sepultar los proyectos populistas de integración regional parece haber encontrado su límite en la resistencia popular a los salvajes programas de saqueo y desposesión impuestos sin miramientos sobre las ciudadanías.

También la «centro izquierda» europea se encuentra comprometida, para no decir nada de la centro derecha y su parentela extremista. La ambigüedad consistente en sus discursos frente a la emergencia neoconservadora y neoliberal alineada a Washington, so pretexto de ser el mal menor frente al «populismo de izquierdas»; la connivencia en la promoción de programas de ajuste y reendeudamiento impulsados a través de los organismos multilaterales; la intimidad promiscua entre las élites posdemocráticas para imponer un encaje a tono con la propia política interior de la Unión, definida en función de un orden económico y social en el cual la salud se mide en términos de libertad de mercado, en desmedro absoluto de la igualdad y la justicia social, acaba desautorizando (una vez más) cualquier pretensión europea de apego a la democracia y los derechos humanos.

La austera y brutalizada Europa, que hoy se desangra a través de todos sus orificios territoriales debido a los malestares profundos que ha generado con sus políticas de desprecio hacia los intereses populares, y el oportunismo de sus élites regionales que los han traducido en reivindicaciones nacionalistas y xenófobas, había convertido a Chile en su niño mimado en América Latina y su ejemplo publicitario para contraponer a los Maduro, los Kirchner, los Correa y los Lula da Silva, la transparencia de un orden jurídico al servicio de la riqueza.

Sin embargo, en su explosión de furia, la sociedad chilena ha dejado desnudo al rey y su corte: el problema, finalmente, no era el populismo (en todo caso, un síntoma). El problema es siempre el mismo en nuestra historia de luchas políticas y sociales: la desigualdad, la injusticia social, la desposesión y la explotación de los pueblos, el desprecio a los de abajo. Lo demás son cuentos de ricos, para seguir robándole a los pobres, lo que por derecho les corresponde: vivir dignamente.

 

Desafecciones y disturbios

Desafección I

Se habla mucho de la desafección de una parte de la población catalana respecto a España. No me extraña. Además de la historia de “larga duración”, los sucesivos gobiernos a nivel estatal han creado desconcierto y rabia entre la ciudadanía catalana, no solo en cuestiones relativas al llamado “problema territorial”, sino también en otras cuestiones que afectan de manera inmediata la vida cotidiana de los individuos y los colectivos.

De modo que la combinación de corrupción sistemática (esta vez sí, a nivel estatal y local) e injusticia social (esta vez también, a nivel estatal y local), junto con la narrativa identitaria (que también se asume de un lado y otro del Ebro, pese a sus estéticas opuestas)   han encontrado su «significante vacío». En ese marco, la formación  se ha convertido en una suerte de magma volcánica (fosilizada durante años por la estrategia separatista en la etapa “política” del procés) que en estos días de sobrecalientamiento ha explotado, esparciéndose por el territorio, produciendo ríos de lava de indignación y filtrándose en las «cavernas interiores» de la compleja sociedad catalana.

Desafección II

Menos se habla de las desafecciones que está sufriendo el independentismo frente al resto de la sociedad catalana. Pese a la insistencia comunicacional de los tertulianos locales, Catalunya es cada día más diversa, más plural, más contradictoria. Negarlo, so pretexto de que el reconocimiento de esa diversidad política y cultural sirve a las fuerzas “fascistas de ocupación», resulta doblemente peligroso. Primero, porque acaba extranjerizando a una parte de la población local que no acaba de acomodarse al ideal abstracto de una patria moralmente impoluta y unitaria; y, segundo, porque previene la asunción plena de las propias limitaciones a la hora de diseñar estrategias políticas de futuro.

Todo esto nos deja atrapados, una vez más, en un voluntarismo mágico que acaba alimentando, en un nuevo ciclo espiralizado, el resentimiento y el moralismo reinante, emergente de las frustraciones que han producido, no solo los muros de piedra que impone la realidad estatal y la geografía política europea, sino también la «falsedad ideológica» que envolvió al mismo procés, con su fatal desenlace gestual, hoy traducido en términos jurídicos en una condena, cuanto menos, controvertida.

Moralismo y voluntarismo

En una época aún marcada por el imaginario posmoderno, pese a las exigencias de realismo que nos han impuesto las sucesivas crisis del capitalismo después del fin de la historia, estamos ante una doble encrucijada: (1) superar el moralismo reinante (feo para quien no comulga con la feligresía); y (2) el voluntarismo (que solo puede acentuar el resentimiento, y produce, además, desajustes intestinales).

Obviamente, el moralismo y el voluntarismo afectan a todos los actores involucrados en el conflicto en el que estamos inmersos. Los unos, ponen el acento en la identidad y el derecho a la autodeterminación como alfa y omega de la justicia; los otros, hacen lo propio con el «orden y progreso» que impone el estado de derecho. Pero ni las ordenadas marchas multitudinarias organizadas por el independentismo oficial, ni las recurrentes referencias a la pulcritud cívica impuesta coercitivamente por un Estado cuyo poder, dicho sea de paso, sigue siendo inexpugnable pese a la dramatización de la protesta, convencen a quienes intentan observar la situación sin dejarse arrastrar por las emociones en curso, hábilmente capitalizadas por unos y otros para pertrecharse ante sus respectivos enemigos.

Disturbios I

La discusión peregrina sobre la violencia de los manifestantes y la ferocidad represiva de las policías autonómica y nacional es más de lo mismo. Pese al fastidio que producen los tumultos y el impacto visual y emocional que producen automóviles y mobiliario urbano incendiados, pese a la medida ofuscación que producen los golpes de porra, los gestos autoritarios y las cargas concertadas de la policía (con las consecuencias previsibles que todo esto supone), la escenificación de la protesta sigue estando dentro de los parámetros habituales en un clásico futbolístico.

Ha habido tarjetas amarillas, amenazas de expulsión, pero aún no estamos, ni siquiera frente a la antesala de un conflicto violento en toda regla. El moralismo de unos y otros (defensores solapados de las protestas «subidas de tono», o cultores de la «mano firme») exageran la dimensión del problema al que nos enfrentamos «en la calle». La grandilocuencia es muy latina, y los catalanes, como subgénero, no parecen estar muy alejados en sus «quijotescas» de la análoga pasión castellana. Otra cosa es la evidencia de una catástrofe política en ciernes.

Disturbios II

Esto se explica cuando uno presta atención a la ausencia absoluta de perspectiva autocrítica reinante en el ala política del procés. No me refiero a hacer públicamente un mea culpa (pretensión absurda cuando en el «mercado electoral» la negociación está aún en marcha). Me refiero a la evidencia que supone volver a tropezar una y otra vez con la misma piedra (pasión humana, si las hay).

En estos días se ha roto la formalidad rutinaria de la «fabrica independentista» que un hábil funcionariado libertario supo usufructuar para producir «preciosidades de masas» en las ocasiones requeridas. Ahora el procés ha dejado de ser un fenómeno de ingeniería política, para convertirse en un genuino fenómeno de expresión social. Omnium y la ANC se quejan de la falta de timing de los líderes políticos a la hora de conducir la nave, pero son en parte responsables de este traspasamiento político. Hablar de infiltrados y cloacas del Estado no convence.

Realidad institucional

Lo cierto es que el liderazgo institucional en estas horas está deshecho («desfet» es la palabra). El Govern se ha convertido en un florero coronado por una flor mustia, angustiada y vacilante ante las brisas que la envuelven.

Mientras tanto, en Madrid, en medio del enésimo revuelo electoral en curso, Pedro Sánchez se enfrenta a sí mismo y a la historia, después de haber perdido, quizá irremediablemente, el tren con destino a Finlandia. En la oposición, Pablo Iglesias se mira en el espejo y no se reconoce. Casado, como hemos visto, ha decidido dejarse la barba (tal vez para estar más a tono con el líder de Vox). Y Rivera («pobre Rivera»), está como al comienzo, desnudo, viajando en la superficie publicitaria de un autobús que va a ninguna parte, haciendo gestos obscenos.

Xenofobia se escribe con X

A muchos argentinos les cuesta hoy reconocerse en la historia del presente. Son como esas señoras y señores que, llegados a cierta edad, se siguen viendo como lo que eran, sin caer en la cuenta que ya no son lo que supieron ser. Sin embargo, un espejo casual, un día cualquiera, descubre el engaño sistemático del botox y el abuso cosmético, dejando al juvenil paralizado ante la evidencia de su decadencia.

Algo de eso está pasando en la cultura argentina. En este caso, quien nos mira del otro lado del espejo es el Papa Francisco, que en las últimas horas, sin pelos en la lengua, nos acusó de «xenófobos» y «racistas». Las palabras del Papa sorprenden, pero la realidad a la que se refiere es de una evidencia palpable.

Si bien es cierto que una inmensa mayoría de los argentinos siguen comprometidos con los principios de la libertad, la igualdad y la fraternidad, un sector no desdeñable de la ciudadanía se anima, vociferante, como ocurre en otros lugares del mundo en este tiempo aciago que vivimos, a enervar la discusión pública haciendo culpable a los pobres y a los extranjeros de piel oscura de la miseria planificada por los ricos en su habitual tarea de «endeudar y fugar».

Lo escandaloso para el «tilingo» son los inmigrantes que se curan en «nuestros» hospitales, y los pobres que viven de «nuestros impuestos». No importan las cifras que demuestran, entre otras variables, que una de cada dos niñas y niños argentinas está muy por debajo de la línea de la pobreza; que muchas familias apenas tienen para una comida diaria; que se hayan multiplicado los merenderos para atender el hambre generalizado; que haya vuelto el trueque en los barrios; que la caída del consumo de leche, por ejemplo, se haya duplicado en solo un año (2019), y que el registro sea un 21% menor que en 2016. Las causas profundas de la catástrofe social y el desbarajuste económico no suponen un escándalo para estos argentinos bienpensantes. Para los «Caseros» y «Brandonis» que abundan entre las clases medias lo indignante no es el programa de acumulación de riquezas por desposesión y explotación implementado por el gobierno de Macri, sino los bolivianos, peruanos o paraguayos que se atienden en la sanidad pública o estudian en «nuestras» universidades.

En cada fin de ciclo neoliberal, muchos argentinos recuperan su pasión xenofóbica. Contra el negro, el pobre, el extranjero o la feminazi el indignado vocifera y saca pecho. Él o ella son ejemplos a seguir: trabajadores honestos al que el Estado les roba para darle de comer a las mugrientas y perezosas clases bajas. Después de despachar su dosis de odio, el xenófobo espera, cautivado por su propia voz, el aplauso de los que «verdaderamente cuentan». Pero, ¿quiénes son los que cuentan? Ni más ni menos que aquellos que los explotan, que los empujan a los confines de la pobreza, que los enardecen contra el pobre haciéndoles creer, al mismo tiempo, que si no se espabilan, acabarán pasando al bando de los indeseables.

Cada vez que las élites perpetran sus tropelías y pauperizan al pueblo, el discurso del odio, gorila y xenófobo, se exacerba para beneficio de los mismos privilegiados que han producido la debacle, quienes, a su vez, contemplan encantados como las clases medias engañadas, víctimas de su persistente anhelo de pertenencia, su «pasión trepa»,  depositan su ira contra los de abajo, garantizándose de este modo la impunidad que necesitan para perpetuar su reinado.

La xenofobia argentina adopta muchas formas. Hay una xenofobia contra los de afuera (contra el bolita, el peruca y el paragua), pero también hay xenofobias hacia los de adentro (transformados en extranjeros en su propia tierra, debido a su pobreza). Y a esto hay que sumar la mera estigmatización del pobre por ser pobre. De este modo, el pobre, el indígena, el migrante son condenados al submundo de la inhumanidad.

La discriminación y el desprecio hacia los más vulnerables se justifican con silogismos mentirosos, supuestamente pragmáticos, pretendidamente realistas. Se dice, por ejemplo, que los derechos humanos tienen un carácter condicional, es decir, se pretende que hay momentos excepcionales en los que se justifica la suspensión de dichos derechos. La crisis actual, dicen algunos, justifica que se recorten o suspendan enteramente los derechos constitucionales a extranjeros o pobres extranjerizados.

Se habla livianamente, explícitamente o con eufemismos, de exterminar a la población sobrante, de extender la persecución policial sobre los desfavorecidos identificados como «criminales naturales».  Se exige una militarización de las calles y un control de sus transeúntes a partir del criterio arbitrario de «la portación de cara» – expresión que pone de manifiesto el carácter racista de la política de seguridad. Se habla del vulnerable como de un patógeno que debe extirparse. Se insiste que el pobre (incluso el niño pobre) es responsable de sus padecimientos. Como contrapartida, se le enseña al privilegiado que su condición es el resultado de una «justicia invisible», un «karma», que, contrariamente a lo que le ocurre a la víctima, cuya incapacidad y pereza existencial lo arroja a la miseria, lo convierte en autor exclusivo de su propia «felicidad».

La «orientalización» de la sociedad argentina es un signo de la meritocracia y la indiferencia en ascenso que ha conquistado sus imaginarios. La indiferencia se extiende como el agua sobre el cerebro plano que promueve la cultura del mindfulness, y la la desigualdad es registrada de manera imperturbable en el espacio que habilita la posmodernidad contemplativa.

En el marco de estos registros, quien se resiste y protesta es juzgado como perverso y oportunista, y sobre todo de mal gusto. Los movimientos políticos que asumen las banderas de los sectores populares, como hipócritas y corruptos. Los movimientos sociales que asumen la responsabilidad de la crisis, pero no se conforman con cultivar un espíritu caritativo, de irresponsables y extremistas. En cambio, quien castiga arbitrariamente, maltrata con crueldad y mata sin escrúpulos es convertido en héroe de la patria imaginada para pocos. Como señalaba en agosto de 2018 la CORREPI (Coordinadora contra la represión policial e institucional) en Argentina, cada 21 horas una persona es asesinada por las fuerzas de seguridad. Eso supone, de acuerdo con la coordinadora, que las ejecuciones se han convertido en una política de Estado.

El Papa no ha dudado en apuntar al corazón de esta enfermedad patológica que algunos argentinos sufren de manera crónica, al tiempo que se persignan y hacen ofrendas de luz a la virgencita de turno para que los proteja. Uno puede fingirse honesto y realista cuando abusa verbal y físicamente de una víctima social, cuando se enzarza en una disputa para probar la hipotética indecencia que supone garantizar un derecho, pero al hacerlo demuestra finalmente que nos otra cosa sino un xenófobo, un racista, un abusador, nada más y nada menos.  El periodismo que azuza y lucra con las expresiones de quienes piden la crucifixión del pobre, del inmigrante, es practicado por los Poncios Pilatos que ilustran historias milenarias. Por eso el Papa no ha dudado en señalar en el Sínodo que se realiza en tierra latinoamericana, de manera clara y fuerte para que se escuche en Argentina, que en nuestra patria crece otra vez la maldad en su forma más perversa, la del odio hacia los más débiles.