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El rugby y la lucha de clases

Otro asesinato perpetrado por «rugbiers» 

La suma de crímenes asociados a la violencia, al machismo y al patoterismo que rodea al rugby, al menos en Argentina, apuntan a algo más que a circunstancias fortuitas. En esta ocasión, en la localidad balnearia de Villa Gesell, once individuos, autodefinidos como «rugbiers», asesinaron a un joven de 19 años a golpes de puños y patadas en la puerta de una discoteca. Las imágenes de la brutal paliza circulan por la web. El debate público está servido. De manera análoga a lo que ocurre cuando evaluamos los crímenes machistas, hay quienes disculpan el comportamiento o lo relativizan, y hay quienes, por el contrario, intuyen trasfondos más complejos y preocupantes detrás de los hechos puntuales.

Con este nuevo caso de violencia protagonizada por gente asociada al rugby en el espacio público, da la impresión que estamos hablando ya de una «tendencia», reconocida, incluso (aunque cautamente), por sus propias asociaciones federadas, que señalan el cóctel explosivo que suponen: los hábitos patoteros + el consumo de alcohol + los patrones de agresividad social + la frustración y descontento que vive la sociedad argentina en su conjunto.  En síntesis, esos que llamamos «los rugbiers», en ciertas ocasiones y en ciertas condiciones, al menos en Argentina, matan. Hete aquí el problema.

Los boxeadores tienen prohibido pelearse fuera del cuadrilátero, porque sus puños son considerados armas mortales. De manera análoga, la «patota» de rugbiers, convertida en manada, debería ser sometida a una caracterización penal semejante que hoy, sin embargo, no contemplan los códigos. Los ingredientes de este cóctel criminal deberían valorarse como un agravante del delito, y no como un atenuante, como algunos pretenden.
Lo que se aplaude dentro del campo de juego y produce lealtades de por vida entre los miembros de un mismo equipo, se ha convertido en un peligro para la convivencia cuando se traslada fuera de su escenario. El problema no es nuevo. Está enquistado en los imaginarios que promueven algunos representantes de este deporte en Argentina.

Un primer paso es exigir a «la gente del rugby» que deje de hacer falsas traducciones morales. De manera análoga al modo en que luchamos contra el machismo y sus falsas afirmaciones de supremacismo varonil, cabe preguntarse: ¿es verdad que el rugby crea valores apreciables para una sociedad igualitaria y democrática? No lo hace el rugby, tampoco el fútbol, ni el tenis, ni ningún otro deporte. Son mitos opacos que se asocian más a la propaganda que a la verdad.

Los códigos militares y sacerdotales resultan perniciosos cuando se trasladan a la vida civil y secular. De igual modo, los códigos que gobiernan los comportamientos en el «cuadrilátero» que define el campo de juego en el rugby, no deberían trasladarse a los espacios de convivencia democrática, y si tienen un lugar en el mundo corporativo, es justamente por la crueldad de las prácticas que fomenta el capitalismo.

Inglaterra versus Gales

En 2018, en ocasión del partido que enfrentaba a Inglaterra y a Gales en la Six Nations Championship, en una entrevista concedida a The Times, el primer ministro galés Carwyn Jones señaló que la relevancia del partido trascendía lo meramente deportivo. Jones señaló:

– Siempre ha habido un elemento de clase en estos partidos de rugby entre Inglaterra y Gales. Aunque todos los jugadores son en la actualidad profesionales (de modo que estamos lejos de la idea de que están jugando mineros contra corredores de bolsa, como ocurría en el pasado) siempre está presente una arista de este antiguo antagonismo. Nosotros somos una pequeña nación. Para nosotros el rugby es un juego comunitario en el que la clase trabajadora [nosotros] se enfrenta a «esa gente elegante» [de Inglaterra]. No digo que esto sea lo que realmente ocurra, pero ese es el modo en el cual se percibe comúnmente el asunto.

En Gran Bretaña nadie duda, ni siquiera el primer ministro galés, que haya una arista política, un conflicto de clases, escenificado en el rugby. Incluso dentro de la propia Inglaterra, señala Tony Collins, en The Struggle and the Scrum, los conflictos entre la Rugby League y la Rugby Union echan sus raíces en conflictos de clase. Para Collins, existe una estrecha correlación entre las ideologías políticas en pugna en Inglaterra en la época en que se produjo la escisión de estas dos federaciones, una época marcada por el recrudecimiento de la lucha de la clase trabajadora.

Rugby y pobreza en Argentina

Ahora bien, en Argentina, este antagonismo se manifiesta de otra forma. El machismo y el patoterismo que manufactura el rugby a través de sus liturgias, como las retorcidas lealtades que promueve, son el resultado de una traducción diferente de los conflictos sociales. El rugby en Argentina no ha sido históricamente un deporte transversal, un escenario en el cual, de manera ceremonial, las clases sociales escenificaran sus contradicciones, sus pugnas de intereses. En Argentina, lo que el rugby ha escenificado es «exclusión».
Recordémoslo: Argentina es ese lugar del mundo donde se marca como «negra» a la clase trabajadora, como «negro» al pobre. Lo que se enfatiza con ese nombre es una alteridad amenazante: es el otro que porta todos los males históricos que arruinan a la patria; el otro entendido como obstáculo para nuestra grandeza colectiva; el otro estigmatizado como lo despreciable frente al que debemos protegernos: el otro vago, el otro cobarde, el otro sucio, el otro ladrón, el otro que no merece «estar entre nosotros».

Este imaginario es análogo al que subyace al antiperonismo (que podriamos definir como «antinegro»). Paradójicamente, es en este escenario donde el rugby argentino se autodefine como tradición formadora de hombres, como semillero de valores.

Como ocurre con el antiperonismo, el trasfondo imaginario del rugby argentino es un anhelo sarmientino. Educar, para Sarmiento, significaba enfrentar civilización a la barbarie. El rugby pretende encarnar esa civilización, pero como ocurre con el propio paradigma sarmientino, está más cerca de la barbarie que pretende «exterminar» de lo que quisiera reconocer: puede ser brutal hasta la crueldad asesina de su otro.

Violencia y machismo sistémico

La pregunta, entonces, es qué hacer con la hermenéutica autoindulgente y sublimada del rugby, con su pretensión de ser civilización frente a barbarie. Qué hacer con sus liturgias machistas, con sus panegéricos de valentía, combinadas con un patoterismo engolosinado y chulesco. Qué hacer, en el mejor de sus casos, con sus máscaras paternalistas. Qué hacer con el tipo de lealtades perniciosas que, en ocasiones, se convierten en verdaderos «pactos de silencio» y complicidad frente a la desmesura colectiva, frente al machismo discriminador y homofóbico.

Como el fútbol (y cualquier otra práctica social), el rugby porta, junto al estandarte de sus grandezas, el monedero de sus pecados escondidos, de sus vicios, de su propia pasión promiscua, insalubre y cruel.

Se ha dicho mucho, por ejemplo, de los barras bravas del fútbol, de la corrupción en el fútbol, de la trampa que supone el matrimonio de fútbol y política. Pero, ¿qué decir del rugby, de sus excesos, de los efectos perniciosos de exclusión que promueve, de sus liturgias degradantes, de sus gestos despreciativos, de sus potenciales crueldades que los sanos hábitos que dice cultivar no han podido evitar?

No estamos ante una excepción, ni lo ocurrido es fruto exclusivo de las transformaciones que vive la sociedad en su conjunto. Hay algo de fortuito, y algo generalizado en todo esto, quién podría negarlo. Pero los ejemplos de violencia ciega que protagonizan jóvenes rugbiers se multiplican. Esto exige por parte de todos los involucrados en su mundo, y en la sociedad en su conjunto, un compromiso que conduzca a un radical cambio cultural, primero, en el seno del rugby argentino, de su ideología, de sus liturgias, de sus narrativas de supremacismo moral, pero también en todo el país, acechado, desde su fundación, por los mismos mitos fantasmagóricos de civilización y barbarie.

«Socialismo o barbarie»

Aunque, para algunos, el lenguaje pueda resultar «arcaico», el siglo nos encuentra, otra vez, en una encrucijada análoga a la que nuestros antepasados definieron, a mi juicio acertadamente, con la expresión «socialismo o barbarie». Es posible que para muchos de nuestros contemporáneos la palabra «socialismo» resulte ambigua, o incluso tramposa, pero el lugar X que ocupó el «socialismo» en el pasado sigue siendo una opción incontestable: es la alternativa utópica a la barbarie que impera en el mundo.

Hace ya mucho tiempo, en el Manifiesto comunista, Marx y Engels definieron la dinámica de conflicto que caracteriza la experiencia social de la humanidad, enumerando las diversas máscaras que en cada época histórica asumen opresores y oprimidos. También señalaron que ese constante y perpetuo conflicto que, oculta o abiertamente, producen las relaciones sociales de dominación, solo puede desembocar, o bien en la revolución, o bien en la ruina para todas las partes contendientes.

Como revolucionarios, Marx y Engels cultivaron una visión optimista de la historia. Legaron a las generaciones futuras una narrativa esperanzada. Eso que ellos llamaron la «burguesía» (el rostro que había asumido el opresor en las sociedades capitalistas)  había creado a su propio enterrador, el proletariado, cuya victoria, como el advenimiento de cualquier otro salvador, pareció a muchos inevitable.

Pero la historia del siglo XX nos demostró con creces que las catástrofes, la violencia y el sufrimiento, son el pan nuestro de cada día. Cuando miramos atrás, como el ángel descrito por Walter Benjamin, solo vemos apilarse crímenes, cadáveres, víctimas de la injusticia, tierra arrasada.

Frente a las repetidas derrotas, fueron muchos los que acabaron concluyendo que nada podía hacerse. El mal, parecían decir, es una realidad cósmica. El «progreso» que nos empuja hacia el futuro (aunque hoy parece más bien abocarnos sin desvío hacia la aniquilación) es imparable. De este modo, las Guerras mundiales, y las otras muchas que ha manufacturado el imperialismo en sus diversas formas, Hiroshima y Nagasaki, los campos de exterminio, y en nuestra época, la violencia y la crueldad sistémica que impone de manera quirúrgica, pero no por ello menos asesina, el orden neoliberal, no son más que los accidentes inexorables que exige el advenimiento del mejor de los mundos posibles.

Sin embargo, aquí estamos, una vez más, una nueva generación obligada a mirar hacia atrás, contemplar el cúmulo de catástrofes que nos precede, conscientes de la ruina del «progreso», no solo para las víctimas directas e indirectas, sino también para los hipotéticos «triunfadores» de su ecuación suicida. Porque, pese a los esfuerzos denodados de los ricos y opresores por manufacturar paraísos privados donde poder esconderle la vista a la barbarie, la fealdad estética y moral lo invade todo.

La historia del capitalismo es una historia de aceleración, crisis y conflicto, guerras, insurrecciones y represión ininterrumpida. La historia del capitalismo es la historia de la barbarie en nuestra época. Como un mago experimentado, la propia vorágine de actividad incansable que promueve logra esconder su naturaleza provisional, finita, mostrándolo ilusoriamente como una eternidad objetiva.

Sin embargo, las relaciones sociales que constituyen el «capitalismo» no están grabadas en nuestro ADN, ni nos definen desde el cielo de las ideas como la clase de homínidos que somos. El sistema capitalista fue en el pasado solo un futuro alternativo que acabó encarnándose en la historia como nuestro presente, pero por eso mismo, porque es el resultado de causas y condiciones determinadas, que son, a su vez, contingentes, está llamado a mutar y desaparecer. El capitalismo no es una «cosa» que exista por sí misma, sino un conjunto de relaciones sociales forjadas en la historia, y sostenidas en nuestro imaginario por su nombre en disputa. Hoy asistimos a su versión más extendida y extrema, definida por un anti-humanismo lacerante.

El presente, sin embargo, es siempre tránsito entre el pasado y el futuro. En ese tránsito se manifiestan, como alucinaciones, como ensueños, las tendencias que pugnan por convertirse en futuro. Nuestra tarea consiste en descifrar en la inestabilidad inherente del orden vigente, la fugaz aparición y persistencia de una alternativa posible frente a la «repetición».

Como en el pasado, hoy vuelve el eslogan «socialismo o barbarie» a definir claramente la naturaleza de nuestra encrucijada. Puede que, para algunos, la X y la Y de esta disyunción («socialismo» o «barbarie») deba redefinirse en vista de la historia que les precede, pero esta disyunción, como expresión de una realidad que nos provoca, es incontestable.

Utopías y distopías en las dos orillas

Destinos paralelos

Ni Argentina, ni España, tienen las cosas fáciles. En ambas orillas han triunfado en las urnas coaliciones de izquierda. En ambas orillas, quienes enfrentan a los nuevos gobiernos son oposiciones de «extrema derecha» y de «derecha extrema». Los desafíos que enfrentan son disímiles, pero la estructura retórica que teje alianzas y contraalianzas en ambos casos guarda similitudes notables. En una época de crisis de las «democracias realmente existentes» como en la que vivimos, la escenificación que se promueve de un lado y del otro de las bancadas en los parlamentos y los platós de televisión es la de utopías y antiutopías alternativas.

La izquierda, en su mejor versión, sigue apostando a la formulación de utopías más o menos atrevidas. En países azotados por todas las clases posibles de desigualdad en distribución y reconocimiento, las izquierdas apuestan por la promoción de políticas positivas que achiquen los baremos, porque imaginan países y un mundo en cuyos espacios sea posible una convivencia más justa. En cambio, ante la desigualdad, las derechas proponen más desigualdad, y ante las fricciones y violencias que estas desigualdades producen, las derechas apuestan por seguridad y apartheid.

De este modo, las derechas y las izquierdas son, en última instancia, respuestas de la imaginación política. Sin embargo, debemos estar atentos a las trampas retóricas que utiliza la derecha para impugnar el uso de la imaginación política tildándola de «infantil». La distopía es el resultado del aferramiento a la «política normal», antiutópica, gerencial, que enfrenta los desafíos de la convivencia desde el miedo y el prejuicio, pero es también imaginación política (eso sí, antiutópica).

Utopía versus espiritualismo

Lo utópico, en cambio, implica resistirse ante el estado de cosas que impone el presente como verdad sustantiva. Cuando es verdaderamente fértil, se traduce en antimoralismo y antifatalismo, proclamando que otro mundo es posible. Cuando en ella anida el resentimiento, da lugar a la ciega violencia del acorralamiento. Mientras lo utópico nos hace caminar es saludable, porque nos permite estar en contacto con el mundo y con la gente que nos envuelve y nos hace posible. En cambio, cuando se teje en la oscuridad de una consciencia solipsista y monológica, se convierte en una enfermedad psíquica que dilata nuestra distancia con el mundo. Esa enfermedad se llama «espiritualismo». En su forma más perversa es una forma de negación o apatía ante el mundo, que acaba, por comodidad, al servicio de las tendencias políticas conservadoras.

La «salud psicológica» de una sociedad se mide en función de la capacidad que tenga de soñar alternativas edificantes y emprender su realización. En contraposición, las sociedades enfermas tienen por objetivo exclusivo blindarse ante todo aquello que amenaza el status quo, con el fin de garantizar a cualquier precio los marcadores de privilegio.

En el primer caso, nos encontramos con ciudadanías atrevidas, que enfrentan los problemas del presente sin perder de vista los horizontes de bien que han elegido como destino. ¿En qué tipo de mundo queremos vivir? ¿Qué tipo de país queremos habitar? ¿Qué necesitamos cultivar para alcanzar nuestros objetivos? La educación que necesitan nuestras hijas y nuestros hijos es una educación «profundamente» política, moralmente «futurista». Para ello debemos ofrecerles herramientas que les permitan imaginar esos otros mundos posibles a este mundo presente que ahora mismo se consume a sí mismo, destruyéndose a sí mismo. Pero para ayudarlos, nosotros mismos debemos recuperar la imaginación política y moral, volver a preguntarnos ¿qué mundo, qué país nos merecemos?

Bienvenidas anomalías (o virtuosas persistencias)

Las coaliciones que conducen, desde hace un mes Alberto Fernández en Argentina, y desde hace unos días Pedro Sánchez en España, son, en los tiempos que corren, «anómalas» – como llamó Ricardo Forster a los gobiernos progresistas latinoamericanos en la pasada década, especialmente si tenemos en cuenta el Zeitgeist bajo el que vivimos. Pero también podemos pensar en estos gobiernos como reflejos de virtuosas «persistencias», como calificaría José Pablo Feinmann a esas tradiciones políticas empecinadas bajo la superficie del «mundo plano» que impone el neoliberalismo. Anómala y persistente es la voluntad de libertad e igualdad de los pueblos.

Analizadas en términos absolutos, son discretísimas matizaciones al orden de injusticia sistémica que nos rodea. Sin embargo, analizadas en términos relativos, y en vista de las respuestas que producen sus respectivas oposiciones, son amenazantes terremotos políticos. La razón no está en las medidas puntuales que proponen, ni en las políticas que, finalmente, sean capaces de implementar. La razón está en el hecho de que han vuelto a poner a la imaginación política progresista en el escenario público. A estos gobiernos se les podrá tildar de falta de valentía en el futuro, o se los impugnará por no haber avanzado lo suficiente en sus programas de recuperación de derechos y construcción de alternativas incluyentes, pero no se les podrá negar que con su sola existencia nos autorizan a soñar, y hacen del sueño por un mundo más justo un ejercicio legítimo.

Esta es la lección que debería asumir la izquierda radical que acompaña al baile del «cuanto peor mejor» al que invita la extrema derecha: las democracias siguen siendo el mejor trampolín para avanzar en las políticas radicales. Ceder el espacio democrático a las formas neofascistas que hoy disputan el alma de las clases populares, ofreciéndoles paliativos al resentimiento y al odio que engendra la precariedad a la que ellos mismos les han empujado, no es una opción legítima para las fuerzas del cambio.

Urgencias y horizontes de sentido

Por el momento, el principal proyecto del ejecutivo argentino es terminar con el hambre. Se trata de un modesto empeño si se lo mira a la luz de la desigualdad que impera en la Argentina posmacrista. Se trata de una política de emergencia que no admite segundos pensamientos. Sin embargo, la oposición no acompaña, o lo hace a regañadientes, midiendo a cada paso las consecuencias que supondrá regresar a millones de individuos alienados por la desesperación y la desesperanza de la pobreza extrema al orden social y a la política. Nadie que vuelve a comer aplaca su deseo, sino que lo multiplica. Los doce años kirchneristas lo demostraron, y la derecha macrista hizo bien en señalarlo, acusando a los pobres de querer disfrutar de aquello que es privilegio exclusivo de «las clases acomodadas».

Pedro Sánchez, atenazado, por encima, por el ordoliberalismo europeo, y por debajo, por los desafíos territoriales, apuesta a la sobriedad presupuestaria y al diálogo político, pero también a empezar a desarmar las políticas de austeridad que han convertido a España en otro país que multiplica millonarios al mismo ritmo que fabrica pobres. La idea, en ambos casos, es achatar la pirámide fiscal, para hacer que los ricos, esta vez, contribuyan para hacer que los de abajo vuelvan a respirar. Pero la distribución va acompañada de una firme apuesta por el reconocimiento que se traduce en un gobierno que se autodenomina como feminista y ecologista.

¿Reforma o revolución?

Y aquí encontramos otra coincidencia. Ambas coaliciones combinan (1) elementos «socialdemócratas» (el Peronismo «tradicional» y el Partido Socialista Obrero Español) que aspiran a una gestión progresista y redistributiva, que reconozca y garantice derechos postergados, pero sin que ello implique una crítica profunda al capitalismo como modelo de relaciones sociales; y (2) un inconformismo «genuinamente» socialista, el de Unidas-podemos y el de un porción importante del kirchnerismo y otros aliados de izquierda, quienes no renuncian a la crítica profunda del status quo, animando de este modo a la imaginación política a mantener viva la utopía de otro mundo posible.

Para sus respectivos críticos, estas coaliciones están llamadas al fracaso. Durante meses escuchamos al establishment argentino asustando al electorado esgrimiendo una incompatibilidad insuperable entre el «albertismo» y el «cristinismo». De igual modo, desde que se anunció el acuerdo de coalición entre el PSOE y Unidas-Podemos, la derecha extrema y la extrema derecha se han afirmado en su interpretación del «experimento Frankestein».

Sin embargo, como señalaba Nathan Robinson recientemente sobre una cuestión análoga en los Estados Unidos acerca de Bernie Sanders y el creciente auge del socialismo entre la «generación Y» en el país del norte, las políticas socialdemócratas no están necesariamente en contradicción con un proyecto genuinamente socialista. Pueden ser un trampolín hacia formas más radicales de democratización que, necesariamente, implican una crítica radical del capitalismo, entendido como un modelo injusto de relaciones sociales. Por lo tanto, contrariamente a lo ocurrido en otras circunstancias, estas coaliciones pueden interpretarse como más equilibradas, en tanto contienen, en un marco de acción progresista social-demócrata, fuertes dosis de inconformismo que pondrán en cuestión cualquier tentación conservadora en su seno.

Participación y movilización

El lenguaje, como siempre, no se dice solo. Exige, no solo un emisor, sino también un receptor. Cortazar fue el que dijo, acertadamente, que hay dos tipos de lectores. Por un lado, “el tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos pro­blemas ajenos que le permitan sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo”. Por el otro, el «lector-cómplice», aquel que es capaz de participar y padecer la experiencia propuesta.

Las derechas españolas y argentinas tienen miedo a que los gobiernos de izquierdas agiten lectores-cómplices, es decir, que las ciudadanías vuelvan creer que están autorizadas a imaginar un futuro mejor, un orden social más justo. Ante esa pretensión de los de abajo, las derechas alistan sus ejércitos, construyen sus muros, y combaten a quienes pretenden poner límite al carácter excluyente del reparto. En vez de preocuparse por multiplicar los peces y los panes para distribuirlos equitativamente entre todos, las derechas apuestan a la desposesión y la explotación.

Las ciudadanías progresistas tiene que exigir a sus respectivos gobiernos que avancen, y tiene que hacerlo movilizándose, para contraponer a las distopías defendidas por los Abascal, las Bullrich, los Macri, los Casado, las Arrimadas y las Vidal, las utopías alternativas que, pese a las decepciones y los engaños, siguen animando el horizonte democrático.

 

España tiembla

Primera sesión de investidura

A pocas horas de la segunda sesión de investidura, España tiembla. La «extrema derecha» y la «derecha extrema», como se califican ahora al bloque de Vox, Partido Popular y lo que resta de Ciudadanos, todavía cautivo en la inercia de su época de esplendor electoral, parece haber urdido un golpe de efecto para impedir que la coalición de izquierdas PSOE-Unidas Podemos finalmente forme gobierno.

Mientras tanto, los defensores de la patria española no dejan de embarrar el «buen nombre» de sus instituciones, obligando al funcionariado judicial y administrativo a actuar contra la credibilidad de sus agencias, con el fin de forzar resultados inocuos, que están pasándole factura al Reino internacionalmente. España está siendo arrinconada por los de adentro, desde afuera. El Tribunal Supremo de Justicia Europeo, la Euro-cámara, los jueces de primera instancia y alzada en otros países de la Unión, todos parecen coincidir en sus resoluciones y sentencias de que algo no funciona como debiera.

Sin embargo, no hay que perderse en el bosque. Hay que prestar buena nota de los árboles que lo conforman. La batalla discursiva por los votos pone de manifiesto, no solo el conflicto fratricida entre las derechas, la centro izquierda y las izquierdas españolas, sino, también, los conflictos «cajoneados» de la periferia territorial, que hoy acapara las ansiedades y las fobias del Reino.

El discurso de Rufián en la primera sesión de investidura fue doblemente brutal. Brutal contra Pedro Sánchez, quien no le paró los pies, sino que lo dejó seguir amablemente en su andanada, mostrando de este modo su disposición, con tal de conseguir la abstención de ERC que exigen las circunstancias, sino también contra JxC.

Como en otras ocasiones, escenificó su amor por la lengua y la cultura castellana, con el fin de ofrecer sus definiciones republicanas. ¿Qué es la identidad, después de todo? ¿Un nombre? ¿Qué es Catalunya? ¿Qué es España? ¿Nombres en disputa?

Nārgārjuna regresó a Iberia cargado de razones:

«Todo es posible cuando la vacuidad es posible.
Nada es posible cuando la vacuidad no es posible».

De este modo, Sánchez y Rufián se convirtieron en impensados aliados antiesencialistas, defendiendo cada uno, eso sí, definiciones de identidad antitéticas, que exigirán algo más que una dialéctica deconstructiva. Porosidad y mestizaje son gestos que exige la discusión política del nuevo tiempo, en una época que complota a favor de los fundamentalismos, los muros y las exclusiones.

Mientras Rufián reconocía su amor por Cervantes y Rosalía, rompiendo los moldes de una cultura pacata y pueblerina que se afirma en su impermeabilidad, Sánchez recordó eso de las «sociedades plurales», y contrapuso a la independencia, la interdependencia. También habló de soberanías compartidas, y garantizó (veladamente) que la ley (la constitución) no estará por encima de la democracia. Aunque, de paso, recordó a los presentes que la democracia, como el ser, «se dice de muchas y variadas maneras».

«Rufián, filósofo dialéctico», podría haberse titulado está nota.

En su alocución, el político catalán puso blanco sobre negro los desafíos que impone el momento. La abstención se justifica, nos dijo, por el espanto que une a las llamadas «fuerzas progresistas» ante el espectáculo peligroso que ofrece la derecha desbocada. Pero también apuntó al interior de Catalunya, a la pulseada política en la que se juega el ser o no ser de la anhelada república, en la que no solo está en cuestión quiénes somos, sino también para quién somos.

La violencia (propia o ajena) no vale la pena, bajo ninguna circunstancia – sentenció Rufián; y aclaró, para no dejar dudas en el tintero de los comentaristas, que no se refería a los jóvenes catalanes que se manifestaron en los últimos meses repudiando la sentencia del Tribunal Supremo, sino a aquellos adultos irresponsables que, de un lado y del otro del mostrador de la política, apuestan al «cuanto peor, mejor» como estrategia, con el único propósito de lograr a través del miedo y de la histeria de los colectivos que los secundan, la cuota de poder que necesitan para continuar apareciendo en las marquesinas.

«A mí no me roba España – concluyó el representante de ERC – a mí me roba Rato, Bárcenas, Millet y Pujol». El nombre de Pujol conmocionó a los televidentes de TV3 que seguían en aquel momento, con un oído, las razones expuestas en las Cortes Generales y, con el otro, los discursos en el Parlament de Catalunya defendiendo al President Torra ante el hipotético «Coup d’état» perpetrado por medio de una resolución administrativa elevada a estatuto de sentencia judicial. Después de tanto argumento contra las hipérboles jurídicas en el llamado «juicio del siglo» (los golpes, rebeliones y sediciones imaginarias defendidas por la fiscalía, la abogacía del Estado y la acusación popular), el Parlament se despachó con una calificación de «golpe de estado» para la inhabilitación de la Junta electoral haciendo gala del parentesco de aqueos y troyanos.

Sea como sea, más allá de la exageración terminológica, lo que es evidente a esta altura es que la inhabilitación se instrumentalizó expresamente para truncar la investidura de Pedro Sánchez, con el fin de obstruir los acuerdos alcanzados entre PSOE-Unidas Podemos y ERC.

Segunda sesión de investidura

Hoy los diputados decidirán sobre la presidencia de Pedro Sánchez. Dicen que se trata de un experimento inédito en la historia de la democracia reciente de España: un gobierno de coalición progresista, decidido a darle la vuelta a la página del pasado reciente, con el fin de «encaminar» una solución social y territorial para el país.
A los ojos de las derechas rabiosas, la coalición es un engendro («Frankestein», repiten algunos de sus diputados). Para otros, como los representantes del Partido Regionalista de Cantabria, o la díscola Ana Orana, de Coalición Canaria, o el representante del Foro de Asturias, la propuesta del PSOE de Pedro Sánchez pone «en peligro (la unidad de) España».
Sin embargo, no están solos los defensores de esa unidad hipostasiada. Comparten cartel, contra las aspiraciones de un gobierno progresista, los llamados «antisistema» de la CUP, que han prometido, no obstante, ser generosas con sus apoyos a los proyectos que valgan la pena durante la legislatura; y las hidalgas e hidalgos de JxC, que no le hacen asco a ir de la mano con los recalcitrantes del PP, Vox y Ciudadanos.

Mientras tanto, PSOE, Unidas Podemos, PNV, ERC, EH-Bildu y el largo etcétera que componen Teruel Existe, Más País, Compromís, NC y BNG, se complotan para llevar adelante eso que Rufián definió con gesto escalofriante como la unión ante «el espanto», y que Sánchez pretendió matizar (con la retórica grandilocuente de «camaradas» o «compañeros» de otra época) señalando esa pasión que les es común, la «política», que frente a la «antipolítica», decía, altisonante, pretende «cambiar el mundo» – eso sí, moderadamente.

Al final, una nota sobre la intervención de Aitor Esteban, el representante del PNV, probablemente, el más optimista y cauto de los convidados al banquete, quien justificó su voto afirmativo ofreciendo un argumento incontestable: el país no aguanta más provisionalidad y parálisis. Después de tanto «ruido y furia» (menos faulkneriano, en realidad se refirió a «Fast & Furious»), Esteban afirmó: «podemos felicitarnos», da la impresión de que, pese a los riesgos y obstáculos que se asoman en el horizonte, habrá gobierno. Lo que venga después, lo dirá el tiempo.