COVID-19. Otro mundo es posible

Las pandemias no vienen solas

Especialmente cuando se convierten, de manera imprevista, en el signo global de una crisis de legitimidad que afecta todas las esferas de la vida social, política, económica y medioambiental del planeta. Nadie está libre de culpas en este trance. Aqueos y troyanos en cada región del globo se echan los trastos a la cabeza inculpando a sus enemigos de los males que nos aquejan a todos.

El COVID-19, como me dijo un amigo, es democrático. No reconoce identidades superficiales. Sin embargo, las condiciones materiales y formales con las cuales enfrentamos este y otros desafíos, no tiene nada de democrático, especialmente si pensamos la democracia, no solo como el reino de la libertad, sino también como el reino de la igualdad. Me quedo entonces con el pertinente análisis de Etienne Balibar, quien define el anhelo genuino de la democracia como empecinamiento fraterno por construir el «reino de la igualibertad». No hay libertad sin igualdad, como no hay igualdad sin libertad. Ese es el desafío al que debemos rendir nuestros esfuerzos.

El reino y la gloria

En España, el Estado de derecho tiembla. La aplicación de medidas extraordinarias para enfrentar la expansión de los contagios en todo el territorio coincide con el terremoto político en la casa real. Felipe VI renuncia simbólicamente a su herencia, y «despoja» a su padre de las asignaciones que por ley le corresponden como monarca emérito.

La jugada mediática tiene tela. En pleno ascenso de la crisis sanitaria, con casi una decena de miles de infectados, y casi medio millar de víctimas mortales, la noticia no puede más que diluirse. La estafa sistemática de Juan Carlos de Borbón durante su reinado, nos enfrenta al dilema «Madoff», ¿es posible que Felipe y el resto de la familia real no supiera nada del entramado solitario utilizado por el monarca emérito para recibir fondos sospechosos de Arabia Saudita? Todos los datos apuntan a que esto no es así, y existen documentos que incriminan al actual monarca.

Sin embargo, esta no es la cuestión en la que quiero detenerme.

Madoff y compañía

Ayer por la noche volví a ver la película «The Wizard of Lies»,  protagonizada por Robert De Niro y Michel Pfeiffer, basada en la historia de Bernard Madoff, fundador de un fondo de inversiones en Wall Street.

Madoff, como la mayoría de ustedes recordarán, fue un reputado financistas, además de un reconocido filántropo, que en 2008 se convirtió en noticia global cuando se descubrió que durante 16 años había defraudado a sus clientes con la más extensa pirámide financiera de la historia. Madoff acabó en la cárcel, condenado a 150 años de prisión por una estafa de decenas de miles de millones de dólares perpetrada contra cientos de sus clientes.

Ahora bien, la película no trata únicamente sobre Madoff, sino también sobre los principios o valores básicos sobre el cual se basa el capitalismo: (1) la propiedad privada; y (2) la sacralidad de los contratos. No hay duda que Madoff fue un estafador, además de un padre irresponsable, un tramposo, pero también es cierto, como el propio Madoff expresa en su alegato frente a la periodista que lo entrevista a lo largo de la película, que la responsabilidad por lo ocurrido es compartida. Después de todo, quienes fueron afectados por sus actos ilegales apostaban a inversiones de alto riesgo, sobre las cuales, nos dice, nadie quería saber detalles.

En una de las escenas, una de las empleadas de Madoff interrogada por la fiscalía cuenta, con cierta admiración, que mientras la gente contemplaba atónita las imágenes del derrumbe de las Torres Gemelas en la televisión durante el 11S,  Madoff seguía trabajando en su despacho. Era un trabajado incansable, buscando obsesivamente oportunidades para convencer a sus clientes que pusieran sus fortunas en sus manos. Podemos imaginar en qué honorables causas estas buenas personas invertían su dinero: ¿la industria de armamento? ¿Bonos basura? ¿Reestructuraciones corporativas? ¿Obra pública corrupta en países periféricos? ¿Fondos buitres para esquilmar las economías más dependientes? ¿Desposesión criminal de poblaciones bajo el efecto de un shock traumático?

Pero nada de eso aparece en la película. Solo una referencia vaga a la codicia de los inversores, y un alegato a favor de la familia de Madoff, su pobre e inocente mujer, y sus pobres e inocentes hijos, quienes defienden su inocencia frente a los ataques «desalmados» de los afectados por la estafa que no entienden que su único pecado fue la ignorancia.

Cuando la película llega a su fin, uno acaba preguntándose: ¿no es acaso la ignorancia, en ciertas circunstancias, moralmente reprochable?

Guerra de trincheras

Mientras los enfermos siguen llenando los hospitales, y nos llegan las primeras imágenes de una Italia desconocida, donde en barracones se acumulan enfermos, y en la que los familiares ya no pueden despedir a sus muertos, en España la confrontación política acapara una parte importante de la agenda periodística y enciende a los grupos de fanáticos, enfebrecidos cada uno bajo sus estandartes y fobias.

Hace unos años tuve un sueño que cambió mi manera de estar en el mundo. Era muy joven, viajaba por Asia desde hacía varios años, y acababa de entrar en contacto con las enseñanzas budistas a través del Dalai Lama, quien impartía en su templo, en McLeod Ganj, un comentario oral sobre el Ratnavali de Nagarjuna.

Después de varios días escuchándolo, ocurrió en mis sueños lo siguiente. Viajaba en un barco de pasajeros. No era un crucero, sino uno de esos barcos que tanto había utilizado los años anteriores para moverme entre las islas de Indonesia, barcos en los que caben varios miles de viajeros. Yo estaba en la cubierta, paseando entre la gente, cuando empezamos a escuchar gritos que venían de la popa. Vi que la gente se agolpaba frente a una mesa y se peleaba por firmar un libro de gran tamaño. Por algún motivo, parecía imperativo que todos estampáramos nuestro nombre en el gran libro de abordo. Pero, ¿qué estaba pasando? Alguien me dijo que habían anunciado el hundimiento próximo de la nave y la imposibilidad de nuestro salvataje, todos moriríamos en cuestión de horas. En aquel momento, como el resto de los pasajeros, me lancé como un idiota a la batalla por abrirme camino y estampar mi firma en el libro. Pero, de pronto, mientras empujaba y golpeaba a mis vecinos intentando avanzar hacia la meta que me había propuesto (el libro), atisbé un grupo de monjes budistas sentados pacíficamente a cierta distancia, contemplándonos compasivamente. De inmediato comprendí el absurdo de mi comportamiento.

 

Una oportunidad única

El COVID-19 está poniendo a la vista todas nuestras limitaciones, y nos está ofreciendo la oportunidad de hacer un cambio radical en nuestras vidas individuales y colectivas. De pronto, el mundo se detiene. Lo que parecía impensable, utópico en el mal sentido del término, de repente es una realidad. Podemos, con los costos que sean, obligar a la economía a frenar su actividad para enfrentar una catástrofe. De pronto, sin previo aviso, los ciudadanos están dispuestos a cambiar sus costumbres, reducir sus movimientos, modificar sus hábitos de consumo, limitar sus movimientos, e imaginar nuevas formas de relación social. De pronto, los gobiernos pueden poner límites a los sacrosantos valores del capitalismo, y obligar al capital privado a ponerse al servicio del bien común. De pronto, lo que nos decían que era imposible, «cambiar radicalmente», resulta una posibilidad cierta y probada empíricamente. Lo que ayer era una ingenuidad, hoy es un hecho.

Vivimos una época que algunos de nosotros consideramos «terminal». Como nos recuerda Nancy Fraser, «lo viejo está muriendo, pero lo nuevo aún no puede nacer». Pero, ahora, es también una época de esperanza. Ningún objetivo es descabellado.

Hace unos años, sentado con unos amigos en un bar, mirábamos la final de la Copa del Mundo (2006) cuando se me ocurrió la siguiente idea al saber del número de personas que globalmente estaban mirando el partido en aquel momento: más de mil millones de personas. No solo había mil millones de personas que estaban mirando el partido de fútbol. Sino que, además, durante esos 90 minutos, mil millones de personas estaban dibujando mentalmente el mismo diagrama diacrónico siguiendo el recorrido de una pelota de fútbol. La energía psíquica de mil millones de personas concentrada de ese modo en un único objeto era tremendamente significativa. No pude eludir la analogía con la energía nuclear. La manipulación del átomo y la manipulación de las consciencias era capaz de producir una fuerza descomunal que era transformada instantáneamente en capital.

Contra el ruido y la furia

Pero, ¿qué podríamos hacer si fuéramos capaces de cambiar el objeto de nuestra atención, si pudiéramos modificar las intenciones y propósitos en nuestras mentes?

Este momento nos ofrece esta oportunidad. Los obstáculos son los de siempre. Las distracciones de la política superficial, los lobbies que representan los intereses particulares de las élites mundiales, siempre a la pesca de ventajas para expandir su ámbito de privilegios y el entretenimiento perpetuo.

En cada región y en cada Estado, la crisis se utiliza con fines estrechos. Hemos visto como los Estados Unidos lo utilizaba para ampliar su guerra comercial, primero contra China, y luego contra la Europa de la Unión. En el seno de la Unión, los países del norte han abandonado la solidaridad comunitaria y han vuelto a resolver los problemas comunes de manera particular, abandonando primero a Italia a su suerte, y luego poniendo límites a las medidas del ejecutivo español. En Catalunya y en Euskadi, los líderes políticos, enzarzados en sus propias luchas intestinas, intra-territoriales, no han podido eludir el papelón del enfrentamiento retórico contra el Estado, indiferentes a la realidad porosa, mestiza, interdependiente de los territorios afectados por la crisis.

Ahora bien, si hacemos oídos sordos al barullo mediático, a los enfrentamientos retóricos en las redes sociales, al oportunismo que impera entre quienes tuvieron que prever en primer lugar las consecuencias de la crisis y luego protegernos delegadamente frente a ella, podremos escuchar otro clamor, silencioso, pero omnipresente, que nos dice que no queremos seguir así, que no queremos que el mundo vuelva a ser lo que fue antes de la crisis. Queremos otro mundo, y ese otro mundo, ahora la sabemos, es posible. Está en nuestras manos. Solo hace falta que perseveremos y pongamos contra las cuerdas a quienes pretenden mantener sus privilegios.

La oportunidad

Después de la Segunda Guerra Mundial, los pueblos del mundo exigieron un cambio radical. En los Estados Unidos, Europa y muchos otros lugares del planeta, vivimos treinta años de bonanza económica y social. Pese a la Guerra Fría, sabíamos que la desigualdad era un pecado, y que el desarrollo de todos los pueblos del mundo era un imperativo. Fuimos capaces de imponer nuestras condiciones a la luz del fracaso que habían supuesto, primero, la crisis del 29 y todo lo que trajo consigo, el sufrimiento indecible de las clases populares y la tristeza infinita que invadió el mundo entero después de décadas de loca irresponsabilidad, y segundo, una Guerra fratricidad que dejó cincuenta millones de muertos.

Venimos de la crisis del 2008, que supuso un timo fenomenal. El robo a plena luz del día de la riqueza colectiva de la humanidad, una trasferencia inconmensurable de recursos económicos y financieros a la banca y las corporaciones privadas. Ese timo es el que está detrás de la última fase de desguace de los Estados de bienestar en las «sociedades centrales», y el derrumbe de los proyectos emancipadores en los Estados periféricos emergentes, conduciendo a miles de millones de personas a la exclusión y a la precariedad, dejándolas en manos de mecanismos perversos de explotación y expropiación.

El COVID-19 ha dejado a la vista las vergüenzas del sistema. Como en 1945, tenemos que asegurarnos un ciclo de bienestar futuro que no esté basado en la perversa ilusión del crecimiento ilimitado, la ganancia exclusiva de minorías oligárquicas, y la acumulación fetichista. Necesitamos una nueva economía, una nueva sociedad, una nueva política, basada, como dice el filósofo Enrique Dussel, en el principio vida, el principio crítico último de todo sistema económico y político éticamente responsable, que exige (1) la preservación de la vida, y (2) la promoción de la vida buena, la igualibertad, para todas y para todos.