El rugby y la lucha de clases

Otro asesinato perpetrado por «rugbiers» 

La suma de crímenes asociados a la violencia, al machismo y al patoterismo que rodea al rugby, al menos en Argentina, apuntan a algo más que a circunstancias fortuitas. En esta ocasión, en la localidad balnearia de Villa Gesell, once individuos, autodefinidos como «rugbiers», asesinaron a un joven de 19 años a golpes de puños y patadas en la puerta de una discoteca. Las imágenes de la brutal paliza circulan por la web. El debate público está servido. De manera análoga a lo que ocurre cuando evaluamos los crímenes machistas, hay quienes disculpan el comportamiento o lo relativizan, y hay quienes, por el contrario, intuyen trasfondos más complejos y preocupantes detrás de los hechos puntuales.

Con este nuevo caso de violencia protagonizada por gente asociada al rugby en el espacio público, da la impresión que estamos hablando ya de una «tendencia», reconocida, incluso (aunque cautamente), por sus propias asociaciones federadas, que señalan el cóctel explosivo que suponen: los hábitos patoteros + el consumo de alcohol + los patrones de agresividad social + la frustración y descontento que vive la sociedad argentina en su conjunto.  En síntesis, esos que llamamos «los rugbiers», en ciertas ocasiones y en ciertas condiciones, al menos en Argentina, matan. Hete aquí el problema.

Los boxeadores tienen prohibido pelearse fuera del cuadrilátero, porque sus puños son considerados armas mortales. De manera análoga, la «patota» de rugbiers, convertida en manada, debería ser sometida a una caracterización penal semejante que hoy, sin embargo, no contemplan los códigos. Los ingredientes de este cóctel criminal deberían valorarse como un agravante del delito, y no como un atenuante, como algunos pretenden.
Lo que se aplaude dentro del campo de juego y produce lealtades de por vida entre los miembros de un mismo equipo, se ha convertido en un peligro para la convivencia cuando se traslada fuera de su escenario. El problema no es nuevo. Está enquistado en los imaginarios que promueven algunos representantes de este deporte en Argentina.

Un primer paso es exigir a «la gente del rugby» que deje de hacer falsas traducciones morales. De manera análoga al modo en que luchamos contra el machismo y sus falsas afirmaciones de supremacismo varonil, cabe preguntarse: ¿es verdad que el rugby crea valores apreciables para una sociedad igualitaria y democrática? No lo hace el rugby, tampoco el fútbol, ni el tenis, ni ningún otro deporte. Son mitos opacos que se asocian más a la propaganda que a la verdad.

Los códigos militares y sacerdotales resultan perniciosos cuando se trasladan a la vida civil y secular. De igual modo, los códigos que gobiernan los comportamientos en el «cuadrilátero» que define el campo de juego en el rugby, no deberían trasladarse a los espacios de convivencia democrática, y si tienen un lugar en el mundo corporativo, es justamente por la crueldad de las prácticas que fomenta el capitalismo.

Inglaterra versus Gales

En 2018, en ocasión del partido que enfrentaba a Inglaterra y a Gales en la Six Nations Championship, en una entrevista concedida a The Times, el primer ministro galés Carwyn Jones señaló que la relevancia del partido trascendía lo meramente deportivo. Jones señaló:

– Siempre ha habido un elemento de clase en estos partidos de rugby entre Inglaterra y Gales. Aunque todos los jugadores son en la actualidad profesionales (de modo que estamos lejos de la idea de que están jugando mineros contra corredores de bolsa, como ocurría en el pasado) siempre está presente una arista de este antiguo antagonismo. Nosotros somos una pequeña nación. Para nosotros el rugby es un juego comunitario en el que la clase trabajadora [nosotros] se enfrenta a «esa gente elegante» [de Inglaterra]. No digo que esto sea lo que realmente ocurra, pero ese es el modo en el cual se percibe comúnmente el asunto.

En Gran Bretaña nadie duda, ni siquiera el primer ministro galés, que haya una arista política, un conflicto de clases, escenificado en el rugby. Incluso dentro de la propia Inglaterra, señala Tony Collins, en The Struggle and the Scrum, los conflictos entre la Rugby League y la Rugby Union echan sus raíces en conflictos de clase. Para Collins, existe una estrecha correlación entre las ideologías políticas en pugna en Inglaterra en la época en que se produjo la escisión de estas dos federaciones, una época marcada por el recrudecimiento de la lucha de la clase trabajadora.

Rugby y pobreza en Argentina

Ahora bien, en Argentina, este antagonismo se manifiesta de otra forma. El machismo y el patoterismo que manufactura el rugby a través de sus liturgias, como las retorcidas lealtades que promueve, son el resultado de una traducción diferente de los conflictos sociales. El rugby en Argentina no ha sido históricamente un deporte transversal, un escenario en el cual, de manera ceremonial, las clases sociales escenificaran sus contradicciones, sus pugnas de intereses. En Argentina, lo que el rugby ha escenificado es «exclusión».
Recordémoslo: Argentina es ese lugar del mundo donde se marca como «negra» a la clase trabajadora, como «negro» al pobre. Lo que se enfatiza con ese nombre es una alteridad amenazante: es el otro que porta todos los males históricos que arruinan a la patria; el otro entendido como obstáculo para nuestra grandeza colectiva; el otro estigmatizado como lo despreciable frente al que debemos protegernos: el otro vago, el otro cobarde, el otro sucio, el otro ladrón, el otro que no merece «estar entre nosotros».

Este imaginario es análogo al que subyace al antiperonismo (que podriamos definir como «antinegro»). Paradójicamente, es en este escenario donde el rugby argentino se autodefine como tradición formadora de hombres, como semillero de valores.

Como ocurre con el antiperonismo, el trasfondo imaginario del rugby argentino es un anhelo sarmientino. Educar, para Sarmiento, significaba enfrentar civilización a la barbarie. El rugby pretende encarnar esa civilización, pero como ocurre con el propio paradigma sarmientino, está más cerca de la barbarie que pretende «exterminar» de lo que quisiera reconocer: puede ser brutal hasta la crueldad asesina de su otro.

Violencia y machismo sistémico

La pregunta, entonces, es qué hacer con la hermenéutica autoindulgente y sublimada del rugby, con su pretensión de ser civilización frente a barbarie. Qué hacer con sus liturgias machistas, con sus panegéricos de valentía, combinadas con un patoterismo engolosinado y chulesco. Qué hacer, en el mejor de sus casos, con sus máscaras paternalistas. Qué hacer con el tipo de lealtades perniciosas que, en ocasiones, se convierten en verdaderos «pactos de silencio» y complicidad frente a la desmesura colectiva, frente al machismo discriminador y homofóbico.

Como el fútbol (y cualquier otra práctica social), el rugby porta, junto al estandarte de sus grandezas, el monedero de sus pecados escondidos, de sus vicios, de su propia pasión promiscua, insalubre y cruel.

Se ha dicho mucho, por ejemplo, de los barras bravas del fútbol, de la corrupción en el fútbol, de la trampa que supone el matrimonio de fútbol y política. Pero, ¿qué decir del rugby, de sus excesos, de los efectos perniciosos de exclusión que promueve, de sus liturgias degradantes, de sus gestos despreciativos, de sus potenciales crueldades que los sanos hábitos que dice cultivar no han podido evitar?

No estamos ante una excepción, ni lo ocurrido es fruto exclusivo de las transformaciones que vive la sociedad en su conjunto. Hay algo de fortuito, y algo generalizado en todo esto, quién podría negarlo. Pero los ejemplos de violencia ciega que protagonizan jóvenes rugbiers se multiplican. Esto exige por parte de todos los involucrados en su mundo, y en la sociedad en su conjunto, un compromiso que conduzca a un radical cambio cultural, primero, en el seno del rugby argentino, de su ideología, de sus liturgias, de sus narrativas de supremacismo moral, pero también en todo el país, acechado, desde su fundación, por los mismos mitos fantasmagóricos de civilización y barbarie.