Hood Robin. Cuneo Libarona entre las «mascotas sueltas»

El abogado Mariano Cuneo Libarona defendió en la mesa del programa televisivo «Animales sueltos», conducido por Alejandro Fantino, los delitos de los empresarios en la llamada causa «Cuadernos». Lo hizo con este extraño argumento:

1) El sistema político argentino es perverso.

2) Los empresarios que querían trabajar debían corromperse.

3) Por consiguiente, los delitos de corrupción de estos empresarios son enteramente comprensibles y justificados.

De todo esto se sigue que los empresarios corruptos serían «inocentes» (el padre del presidente, para comenzar, y el propio presidente y sus familiares, a continuación), víctimas y no cómplices de la estafa al pueblo argentino. El pretendido «republicanismo» publicitado por el macrismo como hoja de ruta, como la «pobreza 0» y otras bondades duranbarbistas, brilla por su ausencia.

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El gobierno de Cambiemos y sus socios mediáticos, afilan sus armas para una defensa sin cortapisas de los privilegios de clase.
El abogado Mariano Cuneo Libarona defendió en la mesa del programa televisivo «Animales sueltos», conducido por Alejandro Fantino, los delitos de los empresarios en la llamada causa «Cuadernos» con un extraño argumento que solo tiene validez como defensa arbitraria de los privilegios de clase. En el plató televisivo estaba Jorge Macri, al que, probablemente, Cuneo Libarona le hacía guiños desde el otro lado de la mesa de «Las mascotas sueltas»

Los delitos de los empresarios, decía Cuneo Libarona, son comprensibles si pensamos que lo hacían con el propósito de asegurarse el trabajo propio y asegurar el trabajo de sus empleados y sus familias. El sistema era perverso, por lo tanto, los empresarios deben ser considerados como víctimas y no como cómplices de los delitos investigados.

Además de lo falaz y oportunista de la argumentación del abogado ante las pruebas evidentes de sobreprecios, cartelización y un entramado mafioso organizado por las empresas que participaban gobierno tras gobierno, da que pensar la arbitrariedad de su justificación.

Imaginemos por un momento que utilizáramos un argumento semejante para defender el acto delictivo de una persona «pobre» que se ve obligado salir a delinquir para poder comer o mantener a su familia. Imaginemos que alguno de los otros participantes en la tertulia utilizara un silogismo análogo para justificar semejante extremo. El escándalo, efectivamente, estaría servido.

No se trata, por lo tanto, de doble vara, sino de algo más profundo. El gobierno de Cambiemos y sus socios políticos, jurídicos y mediáticos, afilan sus armas para lo de siempre: una defensa sin cortapisas de los privilegios de clase.

Cuando los votantes de la llamadas clases media y baja votan a los representantes de las clases privilegiadas o comulgan con sus idearios demuestran que son grupos o individuos cautivos del aparato ideológico de las oligarquías. Podemos pensar en este segmento de la población, sencillamente, como víctimas de una suerte de síndrome de Estocolmo.

En estas elecciones, el militante político que defiende las intereses populares debe salir, ni más ni menos, que a liberar el voto secuestrado.

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