El pinche tirano

En mi adolescencia leí con asiduidad los libros de Carlos Castaneda, ese antropólogo de la Universidad de California que logró la fama gracias a su saga (probablemente imaginaria) como aprendiz de Don Juan Matus, el indio de Sonora que lo inició en la «brujería».

En una de sus obras tardías, que ofrecen una suerte de reelaboración simbólica del camino iniciado con el consumo de peyote y el aprendizaje de una realidad perceptiva alternativa, Castaneda introduce la figura del «pinche» tirano como elemento clave para la educación de los brujos. Esta figura, con otros nombres, es universal.

Los budistas, especialmente en el contexto del Mahayana, hablan también de la importancia del «enemigo» para avanzar en el camino de autotransformación que lleva a la liberación y a la omnisciencia de la Iluminación. El enemigo es aquel que, no solo está contra nosotros, sino que efectivamente se empeña en nuestra destrucción. El enemigo es el hostis del que nos hablaba Schmitt, y no el antagonista que merece nuestra consideración y respeto político.

En el cristianismo, el mandamiento de poner la otra mejilla tiene un sentido análogo, especialmente cuando pensamos en aquellos que nos «crucifican», y la figura ocupa un rol central en el camino de salvación. Es el amor y el perdón dirigido hacia quienes me han crucificado lo que redime a la humanidad de su pecado original.

La figura específica del «pinche» tirano, sin embargo, nos permite abordar reflexivamente una dimensión de la política contemporánea que permanece más bien a oscuras cuando nuestra atención está exclusivamente centrada en aspectos institucionales y estratégicos, olvidados de la impronta personal que contiene la historia y el lugar que tienen las emociones en la vida social.

El «pinche» tirano es, en primer lugar, alguien que detenta el poder. Puede ser un padre, o una madre, un marido o una esposa, un hijo o una hija, un hermano o una hermana, puede ser el jefe o jefa de tu oficina, puede ser un empresario mafioso, un funcionario, un mandatario político o un periodista. El «pinche» tirano es, sencillamente, alguien que, en algún momento, detenta el poder y, habiendo o no leído a Maquiavelo, comprende que ese poder, si se pretende personal y no delegado, solo es perdurable cuando se ejercita arbitrariamente e inyectando «inteligentemente» dosis de violencia y amedrentamiento.

El primer objetivo del «pinche» tirano es desorientar y humillar a sus potenciales contrincantes, con el fin de someter la voluntad de su entorno inoculando la desesperación, el odio y la indignación en sus corazones. De esta manera, el «pinche» tirano se asegura, ni más ni menos, que el control de sus mentes.

En la historia política, han sido muchos los rebeldes y revolucionarios que han comprendido que al «pinche» tirano solo le cabe la muerte. Franz Fanon es quizá el ejemplo más notorio de los teóricos que, dedicados a este desafío, han concluido acerca de la exigencia de matar al opresor para liberar al oprimido. Pero no es el único. Incluso un autor como Santo Tomás de Aquino tuvo tiempo para justificar el magnicidio en ciertas circunstancias. Los textos bíblicos, las enseñanzas budistas y sagas antropológicas como las de Castaneda, hacen referencia a esta solución radical, aunque sea simbólicamente, para liberar a los pueblos o a los individuos de sus manos.

¿Pero qué quiere decir en este contexto «matar» al «pinche» tirano? No pretendo con ello hacer apología de un crimen, en ninguna circunstancia. Lo que quiero es llamar la atención sobre un aspecto clave de lo que significa «cortarle la cabeza al rey», ese rey que ocupa el lugar simbólico del padre en nuestra mente y controla por eso mismo nuestra voluntad.

El «pinche» tirano puede tener todo el poder del mundo, puede torturar los cuerpos de sus enemigos hasta aniquilarlos, puede encarcelarlos, maltratarlos y explotarlos e incluso matar a los individuos y a los pueblos que se le oponen, pero no por ello puede hacer que un hombre libre deje de serlo, a menos que su intimidad sea invadida por el terror y se lo quiebre en su voluntad.

En este sentido, tenemos que estar atentos a estas dos dimensiones de la tiranía política y personal que, en las sociedades contemporáneas, están asumiendo una dimensión desconocida hasta ahora:

– la tiranía que se ejercita en el ámbito institucional, con toda la panoplia de corrupciones y violencias que la acompaña;

– y la más sutil, la tiranía que se ejercita sobre el círculo virtual que la tecnología de la información ha convertido en entorno inmediato, haciéndonos de este modo blancos fáciles de la manipulación concertada, ejercitada directamente, sin mediación, sobre nuestras almas individuales y colectivas.

En este contexto, «matar al rey» implica reconocer su ilegitimidad constitutiva e institucional, pero también, ver su pretensión simbólica de poder y de gloria, a la luz de su desnudez personal, vulnerable y mortal.

El rey en estos días se puso nervioso, gritó y pataleó para la tribuna pretendiendo con ello recordarnos quién es él y a quién representa. Pero en el concurso de su histérico alegato, se lo vio como lo trajeron al mundo: desnudo y frágil, hijo también del dominio de la muerte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*